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lunes, 11 de mayo de 2020

SE PREVÉ QUE EL AñO 2020 ROMPA RÉCORDS DE TEMPERATURA

Científicos atmosféricos han confirmado que las tendencias recientes de temperatura están batiendo récords y que este año podría ser aún más cálido. Instaron al mundo a unirse para aplanar la curva climática, junto con la pandemia COVID-19.


olas de calor, altas temperaturas



Las temperaturas globales de este año podrían ser las más cálidas, superando un récord establecido en 2016, según los científicos. Según los meteorólogos de la agencia estadounidense, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), es "prácticamente seguro" que 2020 estará entre los diez primeros años más cálidos, con un 75% de posibilidades.
Los expertos en clima de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) esperan que la pandemia de COVID-19 continue generando una caída en las emisiones de dióxido de carbono (CO2) de alrededor del 6% este año. Sin embargo, pero es probable que esto sea de corta duración y no detenga la variación significativa en el clima.
El CO2 permanece en la atmósfera y los océanos durante siglos, lo que significa que el mundo está comprometido con el cambio climático continuo, independientemente de cualquier caída temporal en las emisiones debido a la epidemia de coronavirus.
La caída de las emisiones debido a la pandemia es inferior a la caída anual del 7.6% estimada por la ONU, porcentaje que sería necesario todos los años hasta 2030 para evitar los impactos irreversibles en el medio ambiente.

Aplanando la curva climática

El secretario general de la OMM, Petteri Taalas, dijo que: "Si bien COVID-19 había causado una grave crisis internacional de salud y económica, la incapacidad para abordar el cambio climático puede amenazar el bienestar humano, los ecosistemas y las economías durante siglos".
"Necesitamos aplanar las curvas de pandemia y cambio climático. Tenemos que mostrar la misma determinación y unidad contra el cambio climático que contra COVID-19. Juntos en interés de la salud y el bienestar de la humanidad, no solo durante las próximas semanas y meses, sino también por muchas generaciones por venir", dijo.

Meteorólogos y climatólogos también mencionan: "Notamos que el aumento del nivel del mar continua acelerándose, la cantidad de hielo marino en el Ártico todavía esta disminuyendo y en la Antártida ha disminuido abruptamente. El hielo de los glaciares y las capas de hielo también están desapareciendo de Groenlandia y la capa de nieve en el hemisferio norte estaba cayendo".
El año 2019 se registraron las temperaturas más altas tanto para la superficie del mar donde se ponen en peligro la vida marina y los ecosistemas, como para el resto del mundo, donde los incendios ya son mas recurrentes.

Van en aumento las 'olas de calor' asesinas

Los peligros climáticos más mortales de 2015-2019 fueron las olas de calor, que afectaron a todos los continentes y dieron como resultado nuevos registros de temperatura en muchos países, acompañados de incendios forestales descritos por la OMM como "sin precedentes", en particular en Europa, América del Norte, Australia, la Selva Amazónica y el Artico.
Según el análisis de datos de la Organización Mundial de la Salud, alrededor del 30 por ciento de la población mundial ahora vive en regiones que experimentan temperaturas que podrían causar la muerte durante al menos 20 días al año.
FUENTE: Meteored.mx , 10/05/2020

sábado, 2 de mayo de 2020

EL CAMBIO CLIMÁTICO Y LA MODIFICACIÓN DE LOS ECOSISTEMAS: "ORIGEN DE NUEVAS ENFERMEDADES COMO COVID-19"

El calentamiento y los daños medioambientales están llevando a los ecosistemas a un punto de no retorno Foto: (AFP)


La aparición cada vez más acelerada de enfermedades emergentes, como la Covid-19, podría ser consecuencia de la invasión de nuevos ecosistemas que antes no habitábamos, afirmó Víctor Hugo Anaya, académico de la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES) unidad Morelia, de la UNAM.
Ante este panorama, se debe impulsar la ciencia, específicamente áreas que contribuyan a entender la relación que hay entre los nuevos padecimientos con la modificación del clima y del entorno, además de impulsar el desarrollo de antibióticos y antivirales, recomendó.
“Adquirir enfermedades transmitidas por animales no es un fenómeno nuevo, pero estos eventos se están acelerando. Al llegar a nuevas zonas nos volvemos blanco de microorganismos, pues modificamos la dinámica propia de las poblaciones de virus y animales”, explicó el doctor en biología y especialista en biología experimental y biomatemáticas.
De igual manera, el cambio climático ha permitido que virus y bacterias estén en zonas donde antes no existían, pues sus vectores pueden trasladarse a otras regiones y contagiarnos, como ha ocurrido con el Zika o el chikunguña, dijo en la videocharla “Covid-19: un fenómeno con retraso”.

“En algún momento nuestra especie supuso que había dominado a la naturaleza y no es así; hay una rama relativamente nueva entre la ecología, la medicina veterinaria y la epidemiología que estudia estas zoonosis, enfermedades que los animales nos transmiten cuando invadimos sus espacios naturales”.
Lecciones del Covid-19
Anaya resaltó que la pandemia de COVID-19 deja varias lecciones: la necesidad de consolidar los sistemas de salud o implementar uno internacional que pueda reaccionar de manera más rápida; elaborar programas económicos emergentes para afrontar estas contingencias; y trabajar para abatir afecciones como obesidad y problemas cardiovasculares, entre otras.
Asimismo, precisó que la enfermedad del coronavirus es un fenómeno “con retraso”, pues sus efectos no son inmediatos: del momento en que un individuo se contagia al que presenta síntomas, transcurren de 10 a 15 días, “lo mismo ocurre con las estadísticas que nos presentan, pues no reflejan lo que hicimos hoy, sino lo que ocurrió hace dos semanas”.
Foto: (REUTERS/Carlos Jasso)
Foto: (REUTERS/Carlos Jasso)
Al respecto, Luis Felipe Rodríguez Jorge, investigador del Instituto de Radioastronomía y Astrofísica de la UNAM, señaló que hay todo un mundo por estudiar de las bacterias, y a una escala 10 veces menor, los virus, y los priones, también 10 veces inferiores a los virus.
En astronomía prácticamente todos los fenómenos que se observan son con retraso. “La luz del Sol tarda ocho minutos en llegar, y si el Sol se apagara, nosotros seguiríamos viendo luz por ocho minutos”, concluyó.
Invasión humana cambia el ecosistema
Intensas modificaciones humanas al planeta como la urbanización, la globalización y el transporte masivo favorecen que el nuevo coronavirus Covid-19 llegue al ser humano, sostienen distintas investigaciones realizadas por médicos veterinarios de la UNAM.
Con nuestro estilo de vida y la alteración de los ecosistemas, los humanos hemos propiciado “saltos taxonómicos” que ocurren cuando los virus pasan de sus hospederos naturales en la vida silvestre hacia nuestra especie, señalaron expertos del Laboratorio de Ecología de Enfermedades y Una Salud (LEEyUS) de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia (FMVZ).
Vista panorámica de la ciudad chilena de Temuco.
Abril 25, 2020. REUTERS/Jose Luis Saavedra
Vista panorámica de la ciudad chilena de Temuco. Abril 25, 2020. REUTERS/Jose Luis Saavedra
Alteración de hábitats naturales, comercio legal e ilegal de especies silvestres, transporte intensivo de animales en países y mercados traen consigo estos virus que buscan sobrevivir en nuevos hospederos.
Durante el pasado foro Ecología de las Enfermedades: una Visión Integral de la Emergencia del Coronavirus, celebrado en el Auditorio Pablo Zierold de la FMVZ, tres integrantes de ese laboratorio presentaron investigaciones relacionadas con el estudio de factores ecológicos y evolutivos que determinan la ocurrencia, dinámica y distribución de enfermedades infecciosas emergentes.
“Frente a la actual emergencia del coronavirus Covid-19 en el mundo, estamos ante un enfoque de reacción, control y contención. Lo que necesitamos ante próximas epidemias (que seguirán llegando potencialmente a los humanos) es un escenario de anticipación, entendimiento y predicción”, señaló Rafael Ojeda Flores, investigador del LEEyUS.
Foto: REUTERS/Ueslei Marcelino
Foto: REUTERS/Ueslei Marcelino
Para lograr este segundo escenario, los expertos del laboratorio realizan investigación básica que parte de los virus, su amplia variedad y sus hospederos naturales: especies como murciélagos, roedores y aves que necesitan monitorearse. Estudian la diversidad viral y sus relaciones con especies silvestres, con las que conviven en un equilibrio que trastoca el ser humano al intervenir en la naturaleza.
“75% de las enfermedades zoonóticas (que se transmiten de distintas especies animales al ser humano) tienen origen en animales asociados, por lo que es fundamental voltear para allá”, destacó.
Conservación, asunto de salud pública
Gerardo Suzán Azpiri, investigador principal del LEEyUS, subrayó que los virus están en todos los organismos y tienen mucha más variedad que sus hospederos. “Afectaciones humanas que propician cambios drásticos en los ecosistemas y en las especies de animales silvestres son la alteración de uso de suelo, la deforestación y el desarrollo industrial”.
El especialista consideró que la conservación es un asunto de salud pública, pues la transformación del paisaje y el comercio de animales silvestres están propiciando más padecimientos emergentes.

Hay mucho por conocer
Óscar Rico Chávez, también integrante del laboratorio, remarcó que hay una gran diversidad viral que no se está estudiando. “Conocemos muy poco y estos coronavirus son parte de esta gran diversidad viral”.
Comentó que algunos virus están asociados a algunas especies, así que tienen cierta especificidad. “Pero estamos encontrando que nosotros, con nuestras actividades humanas, mediante la deforestación, la fragmentación y la modificación del hábitat estamos seleccionando artificialmente los virus que pueden estar en todos los tipos de hábitat, sobre todo en los perturbados. “Estamos favoreciendo ese tipo de selección, cambiando la composición de las comunidades, el ensamblaje de las especies y favoreciendo que los virus salten a otras especies”.

FUENTE: Infobae, 02/05/2020

UN LLAMADO A APLANAR LA CURVA DEL CAMBIO CLIMÁTICO

La contaminación atmosférica de la Ciudad de Buenos Aires y alrededores disminuyó drásticamente (REUTERS/Matias Baglietto/File Photo)
La contaminación atmosférica de la Ciudad de Buenos Aires y alrededores disminuyó drásticamente (REUTERS/Matias Baglietto/File Photo)

Como generación, y como especie, nos encontramos de manera súbita ante un desafío mundial sin precedentes que pone en evidencia como nunca la interconectividad del planeta y la interdependencia de todo lo que en él habita. Estamos ante un problema global para la humanidad que requiere de un esfuerzo de todos para superarlo. Un desafío que descarna todas las falencias de un modelo de desarrollo que ya venía mostrando claras señales de agotamiento. Estamos comprendiendo que cada acto individual, por más pequeño que sea, tiene incidencia. Estar encerrados en nuestras casas y distanciados el uno del otro, paradójicamente, está fortaleciendo la idea de comunidad y de aldea global al mismo tiempo. El entendimiento de que todos somos uno y que el acto irresponsable de una persona puede tener consecuencias indeseadas sobre la vida de otros se hace evidente.
Cuando esta pandemia era apenas un problema lejano, circulaba un meme que con ironía y descreimiento decía que el cambio climático necesitaba el mismo publicista que el COVID-19 debido a toda la atención que el virus había logrado en tan corto tiempo. Tan solo pocas semanas después, podemos afirmar que el coronavirus es efectivamente el mejor publicista que el cambio climático podría tener. Como nunca antes el mundo pudo ver gráficamente las consecuencias de nuestro accionar en el ambiente. Con nuestro parate, el planeta se está tomando un respiro. Bastaron tan sólo unas pocas semanas de pausa para ver la capacidad de recupero del planeta: el cielo se volvió más puro (alcanzando los parámetros de calidad recomendados por la OMS en muchas ciudades donde parecía imposible), las aguas cristalinas, delfines volvieron a Venecia, jabalíes se pasean por Barcelona, los picos del Himalaya vuelvan a asomarse y hasta pareciera que los peces vuelven a animarse a nadar por el Riachuelo. Como nos grafican los mapas publicados por la CONAE, con sólo dos semanas de disminución de tránsito vehicular, aéreo y de algunas actividades industriales, la contaminación atmosférica de la Ciudad de Buenos Aires y alrededores disminuyó drásticamente.
Cuando el mundo vuelva a girar, no podremos ignorar lo que ahora sabemos y hemos visto con nuestros propios ojos. No podremos seguir cometiendo los mismos errores que nos trajeron hasta acá. Para que el COVID-19 no sea todo pérdida, sino una oportunidad para modificar hábitos y nuestra relación con el planeta depende del aprendizaje de cada uno y del aprendizaje colectivo como sociedad y como especie. La prioridad de todos los países va a ser recuperar la actividad económica. Pero, ¿de qué forma y a qué costo? Que la economía mundial se haya puesto en jaque porque estamos consumiendo solamente lo necesario y lo local debe servir como un llamado de atención para todos, pero especialmente para quienes lideran las naciones.
Durante años especialistas y activistas se han cansado de alertarnos sobre los efectos de nuestra huella en el planeta, y hoy lo estamos viviendo en carne propia. Cuando destruimos y alteramos los equilibrios ecológicos, aumenta el riesgo de la propagación de patógenos y de contagio a las personas. El dilema entre economía y ecología es falso. La cuestión es el modelo de desarrollo. Hasta hoy prevalece uno divorciado de la naturaleza y de nuestra salud y bienestar colectivo. Estamos vivenciando que cuidar la ecología, es cuidarnos a nosotros mismos. La polución del aire afecta la salud de nuestro sistema respiratorio, la contaminación del agua es la principal causa de muertes de niños en el mundo, el cambio climático está afectando a la producción alimentaria y numerosos estudios demuestran que la población más pobre en los países en vías de desarrollo es la más afectada por el cambio climático.
El objetivo mundial tiene que ser también achatar la curva del cambio climático ya que eso significa también achatar la curva de problemas futuros de salud. Para ello necesitamos tanto de los individuos, como de las empresas y los Gobiernos. Las personas podemos tomar más conciencia de nuestro impacto en el ambiente e intentar modificar nuestros hábitos de consumo y la generación de residuos. Las empresas, entre otras innovaciones, pueden aprovechar la tendencia al teletrabajo para reducir la necesidad que tienen las personas de transportarse. Los Gobiernos deben endurecer sus regulaciones y fomentar el uso de tecnologías que resultan en una producción más sostenible y de menor impacto ambiental así como también castigar y desalentar modelos productivos que son nocivos.
Se sabe hoy que existieron muchas alertas y presagios sobre la posibilidad cierta de que una pandemia de alcance mundial y devastador que tarde o temprano iba a ocurrir. Nadie escuchó las advertencias ni le dio importancia a la evidencia clara científica que estaba a su alcance. Un gran fracaso de los liderazgos mundiales que hoy se ven interpelados por la sociedad frente al desastre y colapso de sus economías y sistemas de salud. Debemos evitar que lo mismo ocurra con las consecuencias del cambio climático. Existen evidencias científicas y proyecciones aterradoras sobre el futuro que nos espera de no poner en práctica ya mismo los mecanismos y procesos que transformen el actual modelo de desarrollo mundial hacia uno equilibrado para evitar un desenlace catastrófico para la humanidad.
El cambio climático es otro problema global, que como el COVID-19, requiere de un esfuerzo de todos para superarlo. Y si bien existen muchas dudas aún sobre el COVID-19 -dónde se generó, cuándo estará lista una cura, cuántos muertos dejará a su paso, cuánto desempleo generará, qué impacto tendrá en la economía global, entre otras- hay algo que sí sabemos y eso es que la vuelta a la normalidad será una vuelta a una normalidad diferente. Una normalidad distinta. Podemos, con un esfuerzo de todos, transformarla en una mejor.
FUENTE: Infobae , 02/05/2020




DEBIDO AL CAMBIO CLIMÁTICO SE SECA UNA ISLA



Ríos como el Gombeni han disminuido su velocidad a un goteo o menos en la estación seca en Anjouan, que es parte de las Comoras. (Tommy Trenchard para The New York Timess)


COMORAS — Cientos de mujeres acuden a las orillas del río cada semana para fregar montones de ropa sucia. Alguna viajan horas desde diminutas aldeas para tener acceso a un recurso crítico, pero cada vez más en peligro aquí en la isla de Anjouan: el agua.
La isla, parte de la nación de las Comoras frente a la costa de África Oriental, recibe más lluvia anual que la mayoría de Europa. Pero una combinación de deforestación y cambio climático ha provocado que la mitad de sus ríos permanentes dejen de fluir en la estación seca.
Los aldeanos pusieron plantones en un proyecto de reforestación financiado por las Naciones Unidas para ayudar a los agricultores de las Comoras. (Tommy Trenchard para The New York Times)
Los aldeanos pusieron plantones en un proyecto de reforestación financiado por las Naciones Unidas para ayudar a los agricultores de las Comoras. (Tommy Trenchard para The New York Times)
Desde los años 50, la isla ha estado desmontando bosques para dar paso a tierras de cultivo y, en el proceso, trastocó un delicado ecosistema. Con tantos árboles y plantas talados, el agua que normalmente recolectarían e iría de vuelta a la tierra y los ríos está desapareciendo. Las familias ahora luchan por satisfacer sus necesidades domésticas, y los agricultores encuentran cada vez más difícil irrigar sus campos.
“Hemos perdido 40 ríos permanentes en los últimos 50 años”, dijo Mohamed Misbahou, director técnico de Dahari, una organización sin fines de lucro centrada en la reforestación de tierras. “En algunas partes del país ahora hay un gran problema para obtener agua”. 
Los ríos en proceso de secarse de Anjouan son parte de los problemas ambientales en la isla y un ejemplo de cómo las naciones en desarrollo con cada vez más bocas qué alimentar están batallando ante el cambio climático, la deforestación y el crecimiento poblacional.
La población de las Comoras se ha más que duplicado desde 1980, a poco menos de un millón de personas. Después de independizarse de Francia, en 1975, el País experimentó una de las tasas de deforestación más vertiginosas del mundo.
Se perdieron grandes extensiones de “bosques nubosos”, llenos de líquenes, musgos y árboles diseñados para actuar como esponjas —absorbiendo la espesa condensación en el aire y liberándola al suelo del bosque, donde el agua encontraba su camino a los ríos.
De 1995 a 2014, el 80 por ciento de la cubierta forestal restante del país fue talada, trastocando las vías fluviales y dejando el suelo, antes fértil, expuesto a la erosión y la pérdida de nutrientes vitales. Los cultivos han disminuido.
“Ha habido una gran reducción en la producción agrícola, y eso conduce a la inseguridad alimentaria”, dijo Ahmed Ali Gamao, un contratista del Ministerio de Medio Ambiente de las Comoras, que supervisa un proyecto financiado por las Naciones Unidas para restaurar la cubierta forestal y ayudar a los agricultores.
El proyecto ha ayudado a mejorar la recolección de agua de lluvia y ha plantado más de un millón de árboles en los últimos cuatro años, centrándose en especies capaces de resistir los cambios climáticos.
En la aldea de Mnadzishumwé, ubicada en medio de huertos de plátanos y clavo en el extremo sur de Anjouan, ya hay un sistema de racionamiento.
“Por lo general, podemos obtener dos bidones de 20 litros para dos o tres días”, dijo Sandia Halifa, una productora de clavo de 45 años con cuatro hijos. “No es suficiente”. 
Todos los domingos, Halifa se une a las mujeres que viajan al río Jomani para lavar su ropa. Dice que el recorrido le cuesta mil francos comoranos (unos 2.20 dólares) en cada sentido, un gasto significativo en un país con un PIB anual per cápita de menos de mil 400 dólares.
En la aldea cercana de Adda-Doueni, Sumaila Youssouf Abdullah, un granjero de 45 años, recordó el pasado. “No había diferencia entre la estación seca y la estación lluviosa”, dijo. “Eran grandes ríos, y siempre había mucha agua”.
FUENTE: Clarín , 30/04/2020

LOS JÓVENES TIENEN CLARO EL SIGNIFICADO DEL CAMBIO CLIMÁTICO



Los jóvenes la tienen clara. Y es que realmente tienen la certeza de que el camino a seguir va hacia la preservación de nuestro planeta y que eso significa terminar con las industrias contaminantes. Miles de jóvenes en el mundo se han organizado, tomando como un ejemplo a Greta Thunberg, y han marchado, pero también han trabajado arduamente con otras organizaciones y actores sociales para hacer llegar sus reclamos a los legisladores de los gobiernos que los representan y han exigido cambios concretos.

En septiembre del 2019, las calles de más de 180 países albergaron a siete millones de personas que, liderados por la juventud, reclamaron medidas urgentes para combatir la crisis climática. Estos jóvenes, junto a sus familias, amigos y maestros, marcharon para expresar que el tiempo se agota y que es su futuro el que está en juego.

Cómo pensar esta pandemia desde la ecología política Este movimiento de jóvenes ha pedido en reiteradas ocasiones que la voz de la ciencia sea escuchada y utilizada como un vehículo para modificar los actuales planes de desarrollo a nivel global, que no hacen más que profundizar la crisis climática.

Científicos de todo el mundo vienen alertando hace años sobre los peligros y consecuencias del cambio climático. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) publicó diferentes informes que sirven como base al momento de exigir una mayor acción para frenar la crisis climática. Su informe sobre uso de la tierra en agosto del año pasado determinó que la temperatura sobre la tierra ya ha aumentado 1.5°C por encima de las medidas en la era preindustrial, lo que impulsa la desertificación y la degradación de la tierra.

Otro informe sobre océanos publicado también en 2019, expuso que el nivel del mar se elevará cerca de un metro para 2100 si la temperatura global de la tierra excede los 3°C. Cuenta regresiva: el primer Día de la Tierra de los últimos diez Este año, la actual pandemia global nos obliga a todos a permanecer en nuestros hogares, para priorizar la seguridad de todos los ciudadanos y para aliviar los sistemas de salud. Si bien han habido cambios favorables para el ambiente en estos meses de aislamiento, estos se deben principalmente a la interrupción de la circulación y de ciertas industrias.

Sin embargo, es importante que entendamos que estos efectos son puramente circunstanciales. La crisis climática continúa profundizándose, pese a la pandemia. Un ejemplo dramático de nuestro país es la destrucción de bosques. Según un monitoreo reciente que hemos elaborado, durante este mes de cuarentena se han desmontado 6.500 hectáreas de bosques nativos en las provincias de Salta, Santiago del Estero, Chaco y Formosa, donde se concentra el 80% de la deforestación del país. Cuarentena: Las aguas cristalinas de Venecia no indican una mejora ambiental Por eso, esta situación también tiene que ser una oportunidad para continuar exigiendo políticas que vayan unidas a la protección de nuestros recursos y no de la mano de su destrucción.

Hace pocos días, el viernes 24 de abril, miles de personas en el mundo, junto a los jóvenes, llevaron las marchas que los hicieron tan populares al ámbito digital y, de este modo, captaron las redes sociales para reclamar por una acción climática urgente. También, es un excelente momento para que los gobiernos del mundo revean sus políticas y planes de desarrollo.

Deben avanzar con medidas que contemplen los aspectos sociales, ambientales y climáticos de cada país. La ejecución de políticas públicas sin tomar en cuenta estos factores significa ir en contra de los derechos básicos de los ciudadanos. Cambio climático: una ley esperada en un contexto sensible Deforestar y abrir más reservas de petróleo, gas y carbón es condenar al planeta a impactos climáticos devastadores. Pero, aunque suene casi imposible, todavía hay esperanza. Como contraste a la actitud de los líderes mundiales, los movimientos de jóvenes en todo el mundo nos enseñan constantemente que se puede lograr un planeta más sano y justo para todos.

FUENTE: Perfil.com , 29/04/2020

COVID-19 Y CAMBIO CLIMÁTICO: "DOS SITUACIONES QUE DEFINIRÁN LA GENERACIÓN Z"




Jamie Margolin iba a hablar en la manifestación del Día de la Tierra en el National Mall de Washington D.C. En cambio, con la cancelación de la concentración del 22 de abril, tuvo que ver  una celebración digital desde su ordenador portátil en Seattle, donde llevaba confinada con su familia desde mediados de marzo.
Las clases del instituto eran virtuales. Iba a graduarse este año, pero los rituales de paso habituales (el baile y la ceremonia de graduación) se habían cancelado. Su abuelo de 96 años había sido ingresado con COVID-19. Una semana después, falleció. En su funeral, Margolin, sus padres y su tío permanecieron a dos metros de distancia con mascarillas y guantes, sin abrazarse.
Margolin, de 18 años, pertenece a la Generación Z, el grupo de edad de los niños nacidos después de 1996. Lleva siendo activista por el clima desde los 14 años y ha perdido la esperanza de que la Tierra siga siendo habitable durante la segunda mitad de su vida. Ahora una pandemia extremadamente contagiosa amenaza la primera mitad.
El clima y la COVID-19 crean una combinación imprevisible de catástrofes. No cabe duda de que una se cruzará con la otra de formas desconocidas. Lo que sí es seguro es que para mucha gente joven, el virus se convertirá en un momento definitorio de sus años formativos y la difícil situación económica que se ha desencadenado forjará su visión del mundo del mismo modo que la Gran Depresión de los años 30 crió hijos que se convertirían en adultos austeros.
Muchos se graduarán en una crisis económica tras haber crecido bajo la larga sombra de la Gran Recesión entre 2007 y 2009.
A nivel internacional, las repercusiones de la pandemia en la generación Z son aún más graves: las escuelas han cerrado para 1500 millones de niños, más del 90 por ciento de la población estudiantil del mundo, en una época en la que la mitad del mundo no dispone de clases virtuales porque carece de acceso a Internet o a un ordenador. El virus convertirá a miles de jóvenes en huérfanos y se está propagando deprisa por África, donde somete a una gran presión a los sistemas sanitarios en un continente que aún lucha por contener la epidemia de VIH/sida.
En Estados Unidos, la mayor generación en la historia del país que ya lleva a sus espaldas la deuda de los préstamos estudiantiles empezará a buscar trabajo conforme el número de desempleados (26 millones a finales de abril) se adentra en cifras de la era de la Depresión.
Dentro de solo 30 años, cuando Margolin haya cumplido los 48, el calentamiento global estará a punto de desencadenar cambios imparables que transformarán los ecosistemas y desplazarán a millones de personas. En 2018, los científicos advirtieron que los líderes mundiales debían tomar medidas drásticas y reducir las emisiones de carbono un 45 por ciento para 2030 y un 100 por 100 para 2050 para evitar las peores consecuencias.
«En la historia, no vemos muchos momentos como este. La generación Z va a tener que encontrar y construir comunidades de formas diferentes a cualquier generación anterior», afirma Alexandre White, que enseña historia de las epidemias en la Universidad Johns Hopkins en Baltimore.

Las protestas digitales por el clima

Margolin es una de muchas jóvenes activistas por el clima que empezaron a destacar el pasado otoño cuando dirigieron a millones de jóvenes por las calles de Delhi a San Francisco para demandar acciones a los líderes mundiales. Mientras la COVID-19 se propagaba por el planeta, contacté con algunos de ellos para preguntarles cómo creen que será su vida dentro de un año y cómo podría afectar la pandemia a la inacción ante el cambio climático para bien o para mal.
Como líderes del movimiento por el clima, llevan la mayor parte de sus vidas pensando en el destino del mundo y están acostumbrados a plantearse los desastres a escala épica. Con todo, la velocidad a la que ha cambiado la vida de forma tan abrupta es difícil de asimilar.
«La gente perdió sus empleos en la recesión de 2008 y fue duro. Pero la vida no se detuvo. El mundo no dejó de moverse como ha ocurrido ahora», afirma Margolin.
Ahora, confinados en casa como el resto del mundo, intentan sortear el camino que tienen por delante. En Nairobi, donde se ha impuesto toque de queda y se ha ordenado que los residentes permanezcan en la ciudad para impedir que el virus se propague a las zonas rurales, Lesein Mutunkei, de 15 años, intenta afrontar el reto de las clases virtuales ante los cortes de electricidad.
Su campaña para plantar árboles se ha suspendido y le preocupa mucho su hermana mayor, Tiassa, una estudiante atrapada en su campus debido a la cancelación de los vuelos en Sudáfrica, el país con la mayor cantidad de casos de COVID-19.
Para colmo, «he oído las noticias de Estados Unidos y pienso en nuestros amigos de América, que podrían estar enfermos», cuenta.
Mayumi Sato, estudiante de posgrado japonesa en la Universidad de Cambridge en el Reino Unido, sintió la frialdad de la xenofobia tras una serie de incidentes antiasiáticos en los campus universitarios británicos perpetrados por racistas que culpaban a China de la propagación de la COVID-19. Está confinada en una residencia universitaria con ocho compañeros y está replanteándose sus prioridades en la vida. Le ha resultado útil seguir el ejemplo de sus amigos de Nepal y Laos, donde ha trabajado en programas sociales y ambientales, que entienden mejor lo que es afrontar la incertidumbre.
«Tienen más experiencia», cuenta. «Para ellos, superar la adversidad es un estado de normalidad permanente».
Sato, de 25 años, también prevé una nueva normalidad completamente diferente que «cambiará radicalmente la forma en que socializamos, trabajamos, compramos y cuidamos de nuestra salud y la de los demás».

Un futuro con menos viajes y más Zoom

La generación Z se verá gravemente afectada por la pandemia, pero también es cierto que, como la primera generación de nativos digitales del mundo, está mejor preparada para el futuro. En Ruanda, por ejemplo, Ghislain Irakoze, un niño prodigio (ahora de 20 años) que fundó una empresa que usa la tecnología para identificar y reducir millones de toneladas de desechos electrónicos en los vertederos, se dedica a reorganizar su compañía para recopilar y reciclar desechos sanitarios.
Gran parte del movimiento de protesta por el clima que ha atraído a millones de personas se construyó en las redes sociales. Las huelgas escolares de los viernes que se celebraron por todo el mundo después de que la activista de 17 años Greta Thunberg se manifestara frente al parlamento sueco en 2018, se han vuelto virtuales. Como se han prohibido las concentraciones multitudinarias, están diseñándose nuevas estrategias para seguir visibilizando las protestas por el clima. El viernes pasado, colocaron miles de pósteres de protesta por el jardín del Reichstag, el parlamento alemán en Berlín.
En el futuro podría haber menos viajes y más Zoom, ya que hasta las empresas más retrógradas se han adaptado a las plataformas de conferencia virtuales que los jóvenes han usado desde los 12 años. Los activistas subrayan que la evolución trae el beneficio de ser buena para el planeta.
«Creo que la división digital que comenzó más o menos con mi generación, con el uso de los mensajes, el Zoom y el FaceTime, por ejemplo, va a disminuir» a medida que las tecnologías se conviertan en la norma, afirma Delaney Reynolds, activista de 20 años de Miami y fundadora de Sink or Swim, una campaña para educar a los floridanos sobre el aumento del nivel del mar.
Reynolds también cree que «la ciencia, los científicos y los hechos científicos» (una gran tríada de un mundo polarizado) volverán a ponerse de moda.
«Una crisis de esta magnitud ayuda a esclarecer qué cargos electos son capaces de liderar y cuáles no. Espero que la gente aprenda la diferencia como resultado», añade.

Regreso al futuro

Los científicos sociales no están de acuerdo en las características de la generación Z, incluido su nombre. Jean Twenge, psicóloga de la Universidad Estatal de San Diego, prefiere el término i-Gen; Neil Howe, autor de varios libros sobre tendencias generacionales en Estados Unidos, cree que Homelanders es mejor, ya que la cohorte pasa más tiempo en casa con sus padres que cualquier otra generación anterior. Alexandria Villaseñor, otra activista por el clima de 14 años que vive en Davis, California, dice que después de la pandemia «Zoomers» podría ser la mejor opción: «Dentro de 80 años, nuestros nietos podrán llamarnos Zoomers», afirma.
El elemento unificador son las similitudes de los retos a los que se enfrenta la generación Z y a los que se enfrentó la generación silenciosa que se crió en la Depresión y la Segunda Guerra Mundial.
«Dentro de 50 años, los hijos de la i-Gen encontrarán 150 rollos de papel higiénico en el sótano de sus padres», afirma Twenge.

Un mundo mejor

Felix Finkbeiner, de 20 años, dirige la organización sin ánimo de lucro para plantar árboles, Plant-for-the-Planet , que fundó con 15 años. Él se considera «alérgico» a los grandes discursos sobre los rasgos generacionales, pero cree que el punto de vista de «regreso al futuro» ha dado en el clavo y que está lleno de posibilidades.
La primera vez que hablamos, me contó que no creía que hubiera grandes cambios tras la pandemia. Una semana después, cambió de opinión.
«Lo que más me impactó es que esto va a continuar durante un año, como mínimo, y probablemente dos. Y durante esos dos años, todo girará en torno al virus, la crisis económica y la polarización política. Cuesta ser optimista respecto a que un solo país progrese respecto al cambio climático. En realidad hemos perdido al menos dos años», afirma.
¿Y después? El momento más revelador de la pandemia hasta ahora ha sido la gran respuesta ante ella. Los líderes mundiales que se quejaban de los cambios en los sistemas de energía del planeta por ser demasiado caros y disruptivos nos han demostrado que el mundo es muy capaz de responder a los retos de gran magnitud.
«No se puede dar marcha atrás», afirma Finkbeiner. «En tres cortas semanas, hemos decidido disminuir nuestro PIB un 10 por ciento al impedir que la gente vaya a trabajar. Ahora será mucho más difícil alegar que algunas cosas son imposibles. La gente tendrá expectativas más altas respecto a lo que puede hacer el gobierno durante una crisis».
Hace 75 años, un mundo más fuerte surgió de dos guerras mundiales, una quiebra financiera y la Gran Depresión. El autoritarismo se expulsó y Europa se reconstruyó. Los jóvenes de la generación Z con los que hablé creen que un mundo mejor es posible. ¿Volverá a pasar?
FUENTE: National Geographic , 02/05/2020