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domingo, 19 de mayo de 2013

UN ARCA DE NOÉ CONTEMPORÁNEA.


La ambivalencia entre la racionalidad científica y los miedos ancestrales parece animar el proyecto de Svalbard, un banco que resguarda de posibles catástrofes las semillas del mundo.




EL ULTIMO BASTION. La bóveda en el Artico pretende vencer al
 tercer jinete del Apocalipsis, el hambre masivo.

La Fortaleza de la Soledad de Superman es lo primero que viene a la mente cuando hablamos de la Bóveda Global de Semillas situada en Spitsbergen, la isla mayor del archipiélago de Svalbard, dentro del Círculo Polar Artico. Contra un paisaje de alucinante blancura se perfila la entrada, un volumen prismático cuyo techo y frente son superficies que reflejan y multiplican la luz del sol de medianoche, obra de la artista noruega Dyveke Sanne. La bóveda en sí misma, subterránea, es una verdadera arca de Noé del siglo XXI.

La idea es almacenar duplicados de las semillas existentes en los cerca de 1.400 bancos de diversidad de cultivos desparramados por el planeta. Estos bancos conservan la memoria genética de los cientos de miles de variedades de plantas útiles para el ser humano, como reaseguro en vistas a pérdidas por plagas, enfermedades, los avatares del mejoramiento genético o accidentes ecológicos. (Los de nuestro país están organizados en la Red de Bancos de Germoplasma, centralizada en el Instituto de Recursos Biológicos, Centro Nacional de Investigación Agropecuaria, INTA Castelar.) La bóveda de Svalbard, inaugurada en febrero de 2008 y con capacidad para 4 millones y medio de muestras, funciona como una doble “copia de seguridad” global. En los tres grandes depósitos que se hallan al final de una galería de 120m que perfora una montaña cubierta de permafrost (capa de hielo permanente en el suelo), 750.000 muestras de semillas se conservan en paquetes de aluminio apilados en cajas adecuadas a una temperatura de —18 ° C y con una baja concentración de oxígeno, de manera de asegurar una actividad vital mínima y prolongar su vida. El proyecto está a cargo del Ministerio de Agricultura y Alimentación de Noruega, el Centro Nórdico de Recursos Genéticos (NordGen) y el Trust Global de Diversidad de Cultivo (GCDV, por su nombre en inglés).
La previsibilidad del fin
Es indiscutible que la planificación de este reservorio global de la biodiversidad de cosechas se movió dentro de planos racionales. Pero sugerir la posibilidad de alguna catástrofe mayúscula, como serían los efectos del calentamiento global o un evento nuclear, es convocar al fantasma de la aniquilación (el banco global de Svalbard ha sido llamado la “Bóveda del Día del Juicio”). Esta ambivalencia, que se desliza entre una impecable racionalidad científica y nuestros miedos ancestrales, no es novedosa. Encontramos un antecedente de ella en la noción de “muerte térmica del universo”, proclamada por el científico alemán William Helmholtz en la segunda mitad del siglo XIX. La segunda ley de la termodinámica, descubierta por el joven ingeniero francés Sadi Carnot y generalizada por el físico inglés William Thomson (Lord Kelvin), sostiene que debido a la disipación de la energía mecánica y su transformación en energía térmica, a la larga toda la energía del universo se convertirá en calor a una temperatura extremadamente baja. Lejos de quedar restringida a los círculos científicos, la idea fue retomada e incorporada por el filósofo Herbert Spencer (un favorito de Sarmiento) y criticada por Friedrich Nietzche, quien en la década de 1880 defendía un esquema de ciclos universales, en oposición a una disolución final del cosmos. Más aun, Camille Flammarion, el popular astrónomo, divulgador y autor de ciencia ficción francés del siglo XIX (muy leído en nuestro país), menciona explícitamente el tema en su novela El fin del mundo (1894). La primera edición de esta, ilustrada con generosidad efectista a la manera de los folletines, enfrenta a los lectores con una aterradora imagen de una familia congelada en un paisaje glacial con la leyenda “la miserable raza humana morirá por el frío”.
Lo que se busca con la Bóveda Global de Semillas es asegurar el futuro de la agricultura frente a cualquier emergencia. Svalbard sería el último bastión frente al tercer jinete del Apocalipsis, el hambre masiva. La pérdida global de cosechas y sus consecuencias es el tema de The Death of Grass [ La muerte del pasto ], una novela del escritor inglés de ciencia ficción John Christopher publicada en 1956. La trama se desenvuelve en un escenario apocalíptico en el cual un virus barre con los cultivos de arroz en China y luego muta y comienza a infectar a las cosechas de trigo en Europa (América y Australia, no afectadas, se encierran en una cuarentena blindada). Ante la hambruna generalizada, la sociedad revierte a un estado anárquico y violento, dentro del cual se despliega la trama. En realidad, Occidente atravesó un período de sucesivas catástrofes de rango continental durante el siglo XIV, cuando en Europa se sumaron la Gran Hambruna de 1315-1317, la Peste negra de 1347-1351 y, según algunos, el comienzo de la Pequeña Edad de Hielo, un enfriamiento generalizado del clima que continuó hasta el siglo XIX. Desde la crisis que siguió a la caída de Roma ante los bárbaros hasta las hambrunas del cuerno de Africa de fines del siglo XX, el hambre ha sido un factor de enorme importancia en la dinámica histórica de los pueblos.
La imagen bíblica del arca de Noé boyando frágil sobre las aguas del Diluvio universal evoca un reaseguro de continuidad ante la posibilidad de destrucción de la vida en la Tierra, una cápsula de la biodiversidad que permitiese recomenzar de nuevo. Ahora, mientras que el tema del arca remite a la conservación de toda la diversidad biológica, el proyecto de Svalbard está restringido a aquellas especies usadas como cosechas alimenticias. En este sentido, la idea está más acá de las demandas del filósofo noruego Arne Naess, creador de la “ecología profunda”. En un famoso ensayo de 1972, titulado “Lo chato y lo profundo”, Naess llamaba a un compromiso ecológico que fuera más allá de las políticas ambientales de disminución de la polución y el aseguramiento de los recursos (“chatas”) y apuntara a cuestiones como la biodiversidad, la descentralización y el igualitarismo (“profundas”). ¿Tendría sentido una bóveda que albergara todo tipo de organismo vegetal, un “arca profunda”? En todo caso, la Bóveda Global de Semillas de Svalbard es una metáfora de un avance importante en cuanto a la conciencia de la humanidad sobre su ambiente biológico: el archipiélago albergó durante los siglos XVII y hasta la mitad del XIX, bases de caza de ballena, y también de osos polares, zorros y morsas.
La amplia convocatoria de este proyecto, traducida en el número de semillas que fueron depositadas hasta ahora, es buena prueba de su oportunidad (fue mencionado en el sexto lugar entre los 50 mejores inventos de 2008 por la revista TIME). El examen final, claro está, se vería en la necesidad de tener que recurrir al banco en caso de una catástrofe. Esperemos que tal situación no tenga que cumplirse y que nuestros miedos no sean otra cosa que sueños de la razón.
FUENTE: CLARÍN, Miguel de Asua, Historiador y filosofo de la ciencia. 7/ 12/ 2012

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