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viernes, 4 de septiembre de 2015

EL DESARROLLO SUSTENTABLE A LA ESPERA DE RESPUESTAS.




La encíclica LAUDATO SI erige el desarrollo sustentable como imperativo moral e invita a la humanidad a superar el corsé de una cultura líquida que la tiene entrampada en el corto plazo. Pero para que el desarrollo sustentable de pasos concretos la gobernanza global debe restablecer la capacidad de transacción entre las urgencias del presente y las restricciones materiales, sociales y ambientales de un futuro que se nos vino encima.
La energía, o el sistema energético, es la piedra angular en la construcción de un paradigma de desarrollo sustentable. Por un lado es responsable de alrededor del 70% de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial (GEI) (la deforestación, la agricultura y la ganadería le siguen en importancia); y, por otro lado, la energía está atada al imperativo de la seguridad de suministro a mínimo costo que favorece a las fuentes contaminantes. La viabilidad del desarrollo sustentable depende un nuevo paradigma energético.
Los desafíos de un nuevo paradigma energético que "satisfaga las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus demandas" (Our Common Future. Naciones Unidas. 1987) son dos: a) Hay que desenergizar la economía; b) Hay que descarbonizar la energía
Desenergizar la economía implica reducir la cantidad de insumo energético utilizado por unidad de producto final. La tasa de intensidad energética promedio (que relaciona unidad de energía por unidad de producto) debe reducirse de 0.70 a 0.50 antes de mediados de siglo. Las políticas de eficiencia energética pueden contribuir mucho para alcanzar este objetivo, pero necesitan una plataforma de base que promueva su difusión: hay que eliminar los subsidios que varios países otorgan a la energía fósil a través de los precios y de los impuestos.
La baja de precios del petróleo es una oportunidad para lograr acuerdos sobre esta materia. Los precios de la energía deben empezar por reflejar los costos económicos si después se quiere avanzar en la internalización de los costos ambientales. La descarbonización de la energía impone una mayor participación de fuentes alternativas a las fósiles. El desarrollo del gas natural a partir de los nuevos recursos no convencionales facilita una transición de sustitución intrafósil (el gas sustituye carbón mineral), pero eso debe complementarse con una más rápida diversificación de la matriz a partir de acuerdos vinculantes que comprometan a todas las naciones a la reducción de GEI.
El quinto Informe del panel de expertos (IPCC) de las Naciones Unidas advierte que ya hay en la atmósfera 2900 giga toneladas de CO2 acumuladas por emisiones pasadas, y que si el planeta quiere cumplir con la meta de no aumentar más de 2ºC la temperatura media, de aquí a fin de siglo no puede emitir más de 1000 giga toneladas adicionales. Los compromisos voluntarios ofrecidos para la cumbre de París están lejos de satisfacer esa meta. O el mundo va a compromisos obligatorios y auditados mucho más exigentes, o se expone a la probabilidad de un cisne negro climático.
Como la descarbonización de la energía ofrece en el corto plazo más resistencia de intereses que la desenergización de la economía, hay acelerar los incentivos y la irrupción tecnológica para reducir la tasa de intensidad energética. Hay mucho que se puede alcanzar con tecnología ya disponible para hacer más eficiente el uso de la energía en los hogares, en los edificios y en el alumbrado público, en las fábricas, en el transporte público y en el transporte de cargas. Las redes inteligentes aportan un nuevo y poderoso instrumento a la gestión de demanda para reducir y desplazar consumos de las horas pico y para sumar nueva generación distribuida en el sistema.Es cierto que la tecnología también puede sorprendernos para bien con otro cisne negro que revolucione el sistema energético que hoy conocemos (automóvil eléctrico, almacenamiento de CO2, desarrollo de pilas de almacenamiento eléctrico, celdas combustibles para el hidrógeno, fusión nuclear), pero no se puede correr el riesgo que el cisne negro climático se adelante al tecnológico. El dilema exige definiciones y acción.

FUENTE: El Cronista Comercial, D. Montamat,     4 / 09 / 2015

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