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martes, 9 de enero de 2024

Siete puntos fundamentales sobre la agricultura sustentable



Vivir de manera sustentable está en tendencia y la alimentación forma parte fundamental de ello, por eso es necesario comprender qué es la agricultura sustentable y qué la caracteriza.

La sustentabilidad es un principio que busca satisfacer las necesidades de las personas en el presente sin comprometer la capacidad de futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades. Esto tiene que ver con el uso racional y responsable de los recursos naturales, lo cual va más allá de las acciones individuales, pues busca involucrar a

Se basa en el entendimiento de que los recursos naturales son finitos y deben ser utilizados de manera responsable. La sustentabilidad abarca tres pilares principales:

Ambiental: Preservar la integridad de los ecosistemas y recursos naturales, reduciendo la contaminación, protegiendo la biodiversidad y promoviendo el uso eficiente de los recursos.

Social: Fomentar la equidad, el bienestar y la calidad de vida de las comunidades, así como la inclusión social y la igualdad de oportunidades.

Económico: Impulsar el crecimiento y desarrollo económico, asegurando que este sea equitativo, inclusivo y no deplete los recursos naturales.

El desarrollo sustentable involucra un enfoque a largo plazo en la toma de decisiones, considerando las consecuencias a nivel ambiental, social y económico, y buscando la armonía entre estos aspectos para lograr un equilibrio duradero.

Agricultura Sustentable

Uno de los aspectos que ha tomado relevancia de manera reciente en lo que se refiere a sustentabilidad es la agricultura, área que buscado servirse de la tecnología para alinearse para preservar el medio ambiente.

En ese sentido, la agricultura sustentable es un enfoque de la producción agrícola que busca equilibrar las necesidades de alimentación y recursos económicos de la población sin comprometer las capacidades de las generaciones venideras para satisfacer sus propias necesidades.

Este modelo hace énfasis en siete puntos fundamentales:

  1. Conservación de recursos: Promueve el uso eficiente y cuidadoso de los recursos naturales, como el agua y el suelo, para evitar su agotamiento o degradación.
  2. Prácticas amigables con el ambiente: Reduce la dependencia de productos químicos sintéticos como pesticidas y fertilizantes, optando por alternativas orgánicas que minimizan el impacto ambiental.
  3. Biodiversidad: Fomenta la diversidad de especies en cultivos y ganado para mantener la resiliencia de los ecosistemas y la resistencia natural a plagas y enfermedades.
  4. Energías renovables: Incorpora fuentes de energía renovables para disminuir la huella de carbono de las actividades agrícolas.
  5. Rotación de cultivos: Utiliza técnicas como la rotación de cultivos y el policultivo para mantener la fertilidad del suelo y disminuir los problemas de plagas y enfermedades.
  6. Desarrollo social y económico: Busca el desarrollo económico de las comunidades agrícolas y mejora las condiciones de trabajo, favoreciendo el comercio justo y la agricultura a pequeña escala.
  7. Bienestar animal: Considera prácticas éticas en la producción ganadera, atendiendo a las condiciones de vida y manejo de los animales.

La agricultura sustentable es una parte integral de los esfuerzos para alcanzar el desarrollo sostenible global, ya que aborda aspectos económicos, ambientales y sociales.

Fuente: Infobae

100 millones de hectáreas de tierra fértil se pierden cada año, según un informe de la ONU



Un informe reciente de la ONU reveló que al menos 100 millones de hectáreas de tierra sana y productiva desaparecen anualmente, una preocupante tendencia que se discutió en la última Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD).

Las actividades humanas, incluidas la deforestación y las prácticas agrícolas, y el cambio climático se encuentran entre las principales causas.

En un lapso de cinco años, entre 2014 y 2019, más de 420 millones de hectáreas de tierra experimentaron degradación a nivel mundial, superando la extensión combinada de cinco naciones de Asia Central.

António GuterresSecretario General de la ONU, enfatizó este dato durante una conferencia de la UNCCD en Uzbekistán, donde se abordó la expansión progresiva de tierras degradadas. Destacó la urgente necesidad de restaurar la salud de 1.500 millones de hectáreas de tierra degradada para 2030 si se continúa en la trayectoria actual.

Como parte del seguimiento del progreso hacia el decimoquinto Objetivo de Desarrollo Sostenible de la ONU, “vida en la tierra”, 115 países informaron antes de la reunión sobre tres medidas para restaurar tierras y suelos degradados: el área utilizada para agricultura o cubierta por bosques, pastizales o humedalesproductividad, la capacidad de la tierra para sustentar y sostener la vida; y reservas de carbono superficiales y subterráneas.

La sesión del Comité de Revisión de la Implementación de la Convención (CRIC 21) de la UNCCD se llevó a cabo por primera vez en Asia Central, una región cada vez más afectada por problemas como la arena y las tormentas de polvo, con un 20% de su superficie terrestre afectada por la degradación.

Ibrahim ThiawSecretario Ejecutivo de la UNCCD, ilustró la magnitud del problema al señalar la desaparición casi total del Mar de Aral en una sola generación.

“En una sola generación, el Mar de Aral, un lago de agua dulce que alguna vez fue tan grande que se confundió con un mar, ha desaparecido en gran medida y ahora está lleno de dunas de arena”, dijo.

La información presentada en el CRIC 21 reveló que entre 2015 y 2019 se perdieron al menos 100 millones de hectáreas de tierra fértil cada año debido a actividades humanas como la deforestación, prácticas agrícolas y el cambio climático.

Esto contradice el objetivo de alcanzar la “neutralidad en la degradación de las tierras” para 2030, ya que la proporción global de tierras degradadas aumentó del 14,7% al 18,9% durante este período, con ejemplos preocupantes como México y la India experimentando incrementos considerables en tierras degradadas.

La UNCCD es la pieza central de los esfuerzos de la comunidad internacional para combatir la desertificación, la degradación de la tierra y la sequía (DDTS). Solicitada por la Agenda 21 de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo en 1992, fue adoptada el 17 de junio de 1994. Entró en vigor el 26 de diciembre de 1996 y actualmente cuenta con 197 partes.

A pesar de este panorama desalentador, hay destellos de esperanza. Países como EcuadorBotswana y Burkina Faso han logrado reducir significativamente la superficie de tierra degradada. Este trabajo es crucial para cambiar el rumbo. Y algunos países están avanzando en la dirección correcta.

En Ecuador, por ejemplo, la superficie de tierra clasificada como degradada pasó del 21,9% al 12,8% entre 2015 y 2019. Durante el mismo período, la superficie degradada en Botswana disminuyó del 36,3% al 17,1%, y en Burkina Faso del 34,6% al 8,2%.

En regiones como ÁfricaAmérica Latina y el Caribe, la restauración de la cubierta arbórea ha impulsado mejoras, mientras que en Asia, se han visto beneficios con mejoras en la fertilidad del suelo. Este trabajo de comprensión y acción local es esencial para cambiar el rumbo y frenar la pérdida continua de tierra fértil.

Fuente: Infobae

Bioeconomía: la respuesta al interrogante sobre cómo cumplir lo acordado en la COP28

La vigésima octava edición de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), más conocida como Conferencia de las Partes (COP), que finalizó el pasado 13 de diciembre en Dubái (Emiratos Árabes Unidos), culminó con un histórico acuerdo por el cual 198 países se han comprometido a iniciar la transición desde los combustibles fósiles hacia las energías renovables, a fin de alcanzar la neutralidad de emisiones al 2050 y con ello intentar mitigar los efectos del cambio climático.

Al presentar el acuerdo al mundo, el presidente de la COP28, Sultán Al Jaber, dijo que "hemos sentado las bases para lograr un cambio transformador histórico. Por primera vez tuvimos un lenguaje contundente sobre los combustibles fósiles en una declaración", en alusión a la histórica transición energética que tendremos que afrontar. 

En correspondencia, el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres, mencionó que "a aquellos que se opusieron a una referencia clara a la eliminación progresiva de los combustibles fósiles en el texto de la COP28, quiero decirles que la eliminación progresiva de los combustibles fósiles es inevitable, les guste o no. Esperemos que no llegue demasiado tarde". A lo cual recalcó que la era de los combustibles fósiles debe terminar con justicia y equidad.

Previo a explicitar cómo el paradigma bioeconómico puede abordar los desafíos asumidos en la COP28, resulta importante enumerar los principales puntos del acuerdo:

  1. Triplicar para el 2030 la capacidad global de energías renovables.
  2. Potenciar el desarrollo de tecnologías que contribuyan a la disminución y captura de los Gases de Efecto Invernadero (GEI).
  3. Prescindir paulatinamente de los combustibles fósiles en los sistemas energéticos de manera justa y ordenada, acelerando la acción en la década actual para lograr CERO emisiones netas en el 2050. 
  4. Potenciar el transporte sostenible, desarrollando tanto combustibles como sistemas con cero o bajas emisiones.
  5. Acelerar la reducción de las emisiones de GEI distintos al Dióxido de Carbono (CO2) a nivel mundial para el 2030, particularmente en el caso del Metano (CH4) y en menor medida el Óxido Nitroso (N2O).

Ante tamaño desafío, surge la pregunta sobre cómo lograrlo. Para lo cual, la respuesta radica en un modelo productivo que puede cumplir con creces lo acordado. Su nombre se conoce como Bioeconomía y en la Argentina contribuye con más del 16% al PIB a partir de la ejecución exitosa de un conjunto de iniciativas en el marco de un enfoque unificado.

La Bioeconomía implica la utilización intensiva del conocimiento científico-tecnológico basado en los principios, procesos y recursos naturales renovables de origen biológico (en particular, la biomasa que se define como la materia orgánica proveniente de la naturaleza a partir de las plantas, los animales y demás organismos e incluso sus desechos, para ser utilizados como fuentes de energía sostenibles y renovables), con el fin de obtener bienes y servicios de manera sostenible en todos los sectores de la economía. 

Por lo expuesto, el modelo productivo también puede referenciarse como Biotecnoeconomía, ya que, para el aprovechamiento sostenible de la biomasa, la tecnología resulta crucial, particularmente las vinculadas a las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), como en el caso de los ecosistemas de innovación tecnológica de la cadena agroalimentaria, conocida como AgriFoodTech.

Sin temor a equivocarme, la bioeconomía representa una gran oportunidad para nuestro país, ya que cuenta con abundantes recursos de origen biológico y ha tenido numerosas experiencias exitosas en su aprovechamiento productivo. Además, posee una infraestructura científico-tecnológica razonablemente desarrollada. 

En relación a esto, las iniciativas bioeconómicas pueden agruparse en áreas o sectores potenciales conocidos como Senderos de Aprovechamiento. Algunos ejemplos destacados son las Biorrefinerías (para la generación de biocombustibles y biomateriales), las Aplicaciones Biotecnológicas (como organismos genéticamente modificados, bioproductos y bioinsumos), la Ecointensificación (expresada en prácticas productivas sostenibles como la producción orgánica y la siembra directa), la Eficiencia de las Cadenas de Valor (con énfasis en la economía circular) y los Servicios Ecosistémicos (como el ecoturismo y los bonos de carbono).

Ahora bien, si ponemos en práctica todo el potencial bioeconómico que nuestro país puede expresar, no caben dudas que podremos afrontar los desafíos que conlleva lo acordado en la COP28, ya que la Argentina cuenta con una abundante dotación de recursos naturales, recursos humanos calificados y un fuerte sector agrobioindustrial. A continuación, explicitamos algunos ejemplos:

  • En materia de Bioenergía, existe un enorme potencial por desarrollar, no sólo en cuanto a los biocombustibles (particularmente biodiesel y bioetanol) de primera generación, sino también los de segunda, tercera y cuarta generación, junto con la generación de biogás

Por lo que, la producción de los vectores bioenergéticos mencionados y su incorporación en la matriz energética y de transporte convencional, podría no sólo reducir sensiblemente las emisiones de GEI, sino que disminuiría considerablemente la contaminación producto de los combustibles fósiles, beneficiando tanto la salud del ambiente como de las personas.

  • En cuanto a las Aplicaciones Biotecnológicas, el desarrollo científico tecnológico nos brinda una serie de herramientas que incrementan la sustentabilidad de los sistemas productivos.

Por ejemplo, en el caso de ciertos bioinsumos que al ser incorporados en la dieta de los rumiantes (las vacas que luego nos proveen de carne y leche) disminuyen sensiblemente las emisiones de metano producto de la digestión entérica que caracteriza a dicho grupo de animales. Asimismo, la utilización de biofertilizantes, en reemplazo y/o complemento de los fertilizantes nitrogenados, reduce significativamente las emisiones de óxido nitroso. 

  • Por último, y en complemento, tanto los Servicios Ecosistémicos como las prácticas productivas en el marco de la Ecointensificación, no sólo disminuyen las emisiones de GEI en comparación con otros sectores productivos, sino que fundamentalmente permiten fijar carbono (C). 

Por ejemplo, los sistemas agrosilvopastoriles no sólo permiten ampliar la oferta de bienes y servicios agroforestopecuarios, sino fundamentalmente conllevan la posibilidad de (mediante la fijación de C) aplicar a bonos de carbono u otras herramientas que los productores puedan capitalizar, como es el caso del creciente y tan bien ponderado turismo rural sustentable.

En adición a lo mencionado, el presidente de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid), Marcelo Torres, participó de la COP28 y destacó que "nuestros modelos productivos basados en siembra directa, diversificación y maximización de la fotosíntesis y una ganadería de pastizales ya nos posicionan como líderes en una producción de baja huella de C"destacando la importancia de la región en materia de producción agropecuaria sustentable.

En vista de las conclusiones de la COP28, y a fin de dar cumplimiento a las mismas, nuestro país tiene una oportunidad inmejorable de la mano de la Bioeconomía en sinergia con el ecosistema AgriFoodTech, ya que, a partir de la agrobioindustrialización de la ruralidad, podremos agregar valor en origen, desarrollando territorios de nuestro país que históricamente han quedado postergados. 

En conclusión, la bioeconomía representa un modelo de desarrollo que encuadra perfectamente en las capacidades y potencialidades naturales, geográficas y científico-tecnológicas de nuestro país, convirtiéndose en el motor de la transformación hacia la sostenibilidad, para lo cual se requiere impulsar una estrategia colectiva que se nutra del trabajo y esfuerzo de todos los sectores y actores involucrados (tanto públicos como privados) a fin de lograr de forma genuina y federal la sustentabilidad productiva nacional, con impacto directo en la generación de empleo y en el desarrollo territorial y de las personas.

Fuente: El Economista



lunes, 8 de enero de 2024

¿Cómo afecta el cambio climático a Honduras? - Infografía

 





Fuente: Banco Mundial

¿Qué son las energías no renovables y qué tipos existen?


En la transición energética se repiten términos como verde, limpia, renovable o sostenible para identificar energías que no se agotan cuando se usan. Por otro lado estarían las energías no renovables (carbón, gas y petróleo), que han permitido un desarrollo sin precedentes pero han generado un problema climático a escala global. Y en medio, los combustibles nucleares y la madera.


Las fronteras entre países son líneas inventadas. A veces aprovechan que un río o una cordillera pasaba por allí, pero sobre el terreno no hay rastro de los límites que marcamos en los mapas. Así, animales y plantas se mueven a un lado y a otro de las fronteras, ignorando los dibujos de los humanos. Sin embargo, esto no siempre se cumple. Hay un lugar en el mundo donde la línea que marcaron las personas ha quedado grabada a fuego en el paisaje. Tanto, que se puede ver incluso desde el espacio.

En el medio del mar Caribe, la isla de Santo Domingo aparece dividida claramente en dos. Al oeste, la República Dominicana. Al este, Haití. Entre ambos, una frontera que separa realidades sociales, económicas y ambientales muy diferentes. En el lado dominicano, la selva lo cubre todo hasta donde alcanza la vista (el 42 % de su territorio es bosque). En el lado haitiano, los árboles desaparecen. Al este de la frontera, la economía se sustenta en la quema de combustibles fósiles. Al oeste, en la quema de madera.

En los últimos 20 años, la degradación medioambiental de algunas zonas de Haití ha alcanzado niveles irreversibles debido a la pérdida total de la cobertura vegetal y a la erosión de las capas superiores productivas del suelo. La biomasa vegetal, un recurso energético a priori renovable, se extrajo de la región a un ritmo mucho mayor del que era capaz de regenerarse. Mientras, las energías no renovables como el petróleo y el gas han permitido a la República Dominicana proteger sus bosques. A cambio, han alimentado uno de los mayores desafíos en la historia de la especie humana: el cambio climático.


¿Cuáles son los tipos de energías no renovables?


- Los combustibles fósiles: petróleo, carbón y gas natural. 

- Energía nuclear


¿Qué son las energías no renovables?


Las fuentes de energía no renovables son fuentes de energía que acaban por agotarse. La Unión Europea, en su Directiva 2018/2001 relativa al fomento del uso de energía procedente de fuentes renovables, define las energías renovables como “la energía procedente de fuentes renovables no fósiles, es decir, energía eólica, energía solar (térmica y fotovoltaica) y energía geotérmica, energía ambiente, energía mareomotriz, energía undimotriz y otros tipos de energía oceánica, energía hidráulica y energía procedente de biomasa, gases de vertedero, gases de plantas de depuración y biogás”. Como consecuencia, todo lo demás sería energía no renovable.


“Prefiero ligar estas definiciones al concepto de agotamiento, creo que lo explica mejor. Es decir, las renovables son las energías de una fuente que no se agota cuando se usa”, explica Alessandro Agostini, investigador de la Agencia Nacional Italiana de Nuevas Tecnologías, Energía y Desarrollo Económico Sostenible. “Así, las fuentes de energía no renovables se identifican con los combustibles fósiles, como el carbón, el gas y el petróleo. Mientras, las energías renovables normalmente se identifican con la solar y la eólica”.


En la última década, la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que están cambiando el clima ha impulsado el crecimiento de todo tipo de energías alternativas a los combustibles fósiles. En el camino de la transición energética, se entremezclan adjetivos como verde, limpia, renovable o sostenible. A veces parece casi que fuesen sinónimos, pero no lo son. Hoy, casi todas las instituciones y gobiernos tienen su propia definición de lo que es y no es energía renovable, definiciones que normalmente persiguen objetivos concretos.


Energías renovables vs. no renovables


Durante casi toda su historia, el ser humano ha usado energías renovables, energías que siempre estaban disponibles o que no se consumían a un ritmo lo suficientemente alto como para que se agotasen. Sin embargo, en los últimos siglos, las energías no renovables han tomado la delantera, permitiendo un desarrollo económico sin precedentes, pero generando problemas climáticos y ambientales de escala global que amenazan la propia supervivencia de las sociedades humanas. Abandonar su uso requiere cambios profundos no solo en la matriz energética, sino a escala social y económica.


“Las energías no renovables siguen siendo baratas y, además, existe lo que se llama un bloqueo de infraestructura”, añade Agostini. “Incluso si las energías renovables como la solar y la eólica llegan a ser claramente más baratas (ya lo son en algunos mercados), la infraestructura energética que hemos construido se basa en los combustibles fósiles”. Estas fuentes de energía no renovable se dividen, a grandes rasgos, en dos grupos.


Los combustibles fósiles


A lo largo de millones de años, los combustibles fósiles se han formado a través del calentamiento y la compresión de la materia orgánica muerta enterrada bajo la superficie terrestre. Los restos de plantas y animales han acabado convirtiéndose en grandes depósitos de estos combustibles que pueden estar en estado líquido, sólido o gaseoso y que se extraen de la corteza terrestre mediante perforación o minería. Gracias a que son una fuente de energía muy densa (contienen mucha energía por unidad de masa), se han convertido en la pieza central del engranaje económico desde la Revolución Industrial.


No son renovables, ya que tardan millones de años en generarse, y tampoco son sostenibles (sobre todo, desde el punto de vista medioambiental). “La sostenibilidad es un concepto complejo que abarca aspectos económicos, ambientales y sociales”, señala Agostini. “Es cierto que algunos combustibles fósiles pueden ser sostenibles si respaldan el desarrollo social o satisfacen las necesidades fundamentales de las personas en dificultades. Pero son la causa principal del cambio climático y generan, a través de los fertilizantes químicos, la degradación de grandes áreas de mar y ríos, entre otras cosas”.

En 2021, el mundo consumió 136.000 teravatios-hora de energía procedente de combustibles fósiles, según datos recabados por la Universidad de Oxford a través del BP Statistical Review of World Energy. El mayor consumo per cápita se da en EE. UU., Australia, Alemania y China, aunque no todos los países consumen el mismo tipo de combustible.

  • Carbón. Fue el primer combustible fósil en explotarse. Hasta 1900, el uso del gas y el petróleo era inexistente. Hoy todavía se consumen 44.500 teravatios-hora de energía generada con carbón. La mitad, en China. Los principales tipos de carbón son turba, lignito, hulla y antracita.
  • Petróleo. Es el combustible fósil más utilizado y es esencial para el transporte, dado que mediante su refinamiento se producen la gasolina y el diésel. En 2021, se consumieron 51.200 teravatios-hora de energía producida a través del petróleo. EE. UU. es el mayor consumidor de petróleo, aunque su uso está muy repartido entre todas las economías desarrolladas del planeta.
  • Gas. Los depósitos de gas están muy ligados a los de petróleo y están formados, principalmente, por metano. Una vez procesado, el gas se utiliza principalmente para calefacción y cocina, así como para usos industriales. En 2021, se consumieron 40.400 teravatios-hora de gas en el planeta. EE. UU. y Rusia son los mayores consumidores.

Los combustibles nucleares

Las plantas nucleares producen energía a través de la fisión de algunos elementos químicos radiactivos. En la actualidad, aunque hay nuevas tecnologías en desarrollo, casi todo el combustible nuclear se produce a través de la extracción y el refinamiento de mineral de uranio, un elemento radiactivo natural presente en la Tierra y del cual hay reservas finitas, de ahí que sea considerada una energía no renovable. De acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía (AIE), 32 países cuentan con plantas nucleares operativas y este tipo de energía produce alrededor del 10 % de toda la electricidad consumida en el mundo.

Si bien la energía nuclear no es una fuente renovable, sí que se ha convertido en una aliada a la hora de descarbonizar la economía, ya que los procesos de las centrales no generan dióxido de carbono  (CO2), metano ni ningún otro gas de efecto invernadero. De hecho, aunque muchos países han ido cerrando sus plantas nucleares en los últimos años, la AIE sostiene que la capacidad nuclear del planeta debería incrementarse durante la próxima década si queremos cumplir los objetivos de mitigación del cambio climático.

¿Es la madera renovable o no?

La madera y la energía extraída mediante la quema de biomasa es considerada una fuente de energía renovable en casi todas las definiciones. Sin embargo, depende de si se usa de forma sostenible o no, tal como queda patente en la frontera entre Haití y la República Dominicana. En 2020, se consumieron cerca de 2.000 millones de metros cúbicos de madera como combustible, según la FAO. El consumo per cápita más elevado se registró en el África Subsahariana y en América Latina y el Caribe, donde sigue siendo la fuente principal de energía (para cocinar y calentarse) en muchos países.


“La biomasa es un recurso renovable, pero todo depende de la escala y del tiempo. No es lo mismo recolectar unas pocas ramas para calentarse que talar millones de hectáreas de bosque primario”, señala Agostini. “La humanidad ha superado los límites planetarios en lo que respecta al uso de la tierra, la pérdida de biodiversidad y los ciclos biogeofísicos del fósforo y del nitrógeno. Si el consumo de energía de biomasa aumenta sustancialmente en el futuro, es poco probable que el planeta siga siendo habitable”.


Además, aunque sea renovable, la energía de biomasa no es ni limpia ni baja (en muchos de sus usos) en emisiones de carbono. “Si usamos los residuos de biomasa, que de otro modo se descompondrían en la naturaleza, simplemente estamos acelerando el proceso”, añade el investigador. Sin embargo, si talamos bosques primarios como los tropicales, inmensos almacenes de carbono y de biodiversidad, los efectos sobre el clima y el medioambiente son mucho más negativos. “Y no podemos olvidar que la combustión de madera es probablemente la fuente de energía más tóxica. Unos 40.000 europeos mueren al año a causa de la mala calidad del aire debido a la combustión de biomasa”, concluye. “En los países en desarrollo, donde la madera se quema en hogueras abiertas, la situación es aún peor”.


Fuente: BBVA

Energías limpias y energías renovables: ¿son lo mismo?


La energía no se crea ni se destruye, solo se transforma. La frase que resume la ley de la conservación de la energía ha acompañado la historia del ser humano. Desde que logramos manejar el fuego, nos hemos vuelto cada vez más expertos en transformar esa energía para aprovecharla. La intentamos extraer del viento y del sol, se la robamos a la fuerza del agua, aprovechamos el esfuerzo de las plantas para almacenar energía química y la buscamos en las profundidades de la Tierra.

Pero en los últimos doscientos años nos hemos vuelto especialmente dependientes de una fuente de energía única, una que lleva millones de años formándose entre las rocas, a muchos metros bajo la superficie terrestre. Hemos construido un mundo desarrollado y tecnológico en base a los combustibles fósiles, solo para acabar dándonos cuenta de que todo lo que estábamos quemando nos ha colocado frente a uno de los grandes desafíos de nuestra historia (sino el mayor): el cambio climático.

En busca de salidas a la dependencia de los combustibles fósiles, hemos dado con varias alternativas. En el camino, escuchamos hablar de energías verdes, energías limpias y energías renovables. Pero ¿son siempre lo mismo?

Energías limpias

Las energías limpias y las energías renovables no son lo mismo. De hecho, si somos estrictos, las energías limpias no existen. Las también llamadas energías verdes son aquellas que no emiten ningún tipo de contaminante ni tienen un impacto negativo en el medioambiente durante su producción y ni su consumo. Así, miremos donde miremos, ni siquiera los usos más sencillos de la energía, como el aprovechamiento de la fuerza del agua con molinos, son completamente limpios.

Por eso, generalmente se amplía la definición y, tal como explican desde el Departamento de Energía de EE. UU., se engloba bajo el término de limpia toda aquella fuente de energía que contamina poco y, sobre todo, que emite pocos gases de efecto invernadero en comparación con los combustibles fósiles. Entre ellas, como veremos en el siguiente apartado, hay tanto energías renovables como energías no renovables.


Atendiendo a las emisiones de dióxido de carbono (CO2) durante todo su ciclo de vida, las energías más limpias son la eólica y la nuclear, que generan cuatro gramos de CO2 por cada kilovatio hora (KWh) de energía producido, y la solar, con seis gramos por KWh. En comparación, según datos de Carbon Brief, el carbón, el gas, el petróleo, la hidráulica y la bioenergía son mucho más contaminantes. Solo en 2020, la quema de carbón liberó a la atmósfera 14.000 millones de toneladas de CO2, la de petróleo emitió 12.200 millones y la de gas, 7.500 millones.


Energías renovables


Existen energías, como la nuclear, que son consideradas limpias por su bajo impacto medioambiental y climático, pero no son renovables, ya que utilizan un combustible finito (en este caso, el uranio y otros materiales radiactivos). Y es que como indica el propio término, las energías renovables son aquellas que se encuentran en abundancia en nuestro entorno, son renovadas por la propia naturaleza y emiten pocos contaminantes o gases de efecto invernadero durante su producción y consumo.


Según la definición que da la ONU, el elemento clave de las energías renovables es que se repongan a un ritmo más alto del que son consumidas. Mientras el petróleo o el uranio son finitos, el Sol siempre iluminará la Tierra (y el día que no lo haga, la vida dejará de ser posible). Esta definición es la que hace que la energía de biomasa y los biocombustibles sean considerados renovables, aunque parte de la comunidad científica y del movimiento ecologista no estén de acuerdo.


Durante muchos años, producir energía renovable fue más caro que quemar carbón y petróleo. Sin embargo, según los datos de la Agencia Internacional de las Energías Renovables (IRENA, por sus siglas en inglés), en la mayoría de los países el coste de la energía solar y la eólica ya es más bajo que el de la opción fósil más barata. Además, las renovables se han convertido en una fuente de empleo importante. Uno de cada dos trabajadores del sector energético a nivel global trabaja con energías renovables, de acuerdo con el último informe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE).


A continuación, veremos en detalle los principales tipos de energía renovable (solar, eólica, hidráulica, geotérmica y biomasa) y analizaremos por qué el hidrógeno verde, la última promesa de energía limpia, no puede ser considerado renovable


Energía solar


De entre todas las energías renovables, la segunda más extendida a nivel mundial es la energía solar. Bajo este término, se engloban todas las tecnologías que permiten convertir la luz solar en formas de energía utilizables, como fotovoltaica, la térmica o la calefacción y refrigeración solar. Según los últimos datos de IRENA, en todo el mundo hay 849 gigavatios (GW) de potencia fotovoltaica instalados. EE. UU., China y la India son los países que más instalaciones tienen, seguidos de la Unión Europea en su conjunto. Durante el año pasado, según la AIE, se produjeron un total de 994 teravatios hora (TWh) de electricidad de origen fotovoltaico.


Paneles solares: saca el máximo partido al sol y ahorra energía


La gran ventaja de la energía solar, según la agencia internacional, es que la fabricación de la tecnología se puede hacer a gran escala, lo que permite abaratar costes, pero al mismo tiempo es una tecnología modular, que se puede desplegar en cantidades muy pequeñas. Esto permite la instalación tanto de grandes plantas de generación fotovoltaica como de pequeños sistemas de generación eléctrica para alimentar una única vivienda o, incluso, un único dispositivo. El gran problema que tiene es que en ausencia de luz solar (por la noche o en días muy nublados) su productividad se desploma.

Energía eólica

La energía eólica, la que se produce mediante el aprovechamiento del viento, es la tercera fuente de energía renovable más extendida en el mundo. Según los datos de IRENA, 2021 concluyó con 825 GW de potencia eólica instalada en todo el mundo. Más de una cuarta parte están en Europa, la región que más ha apostado recientemente por la energía eólica. De acuerdo con Wind Europe, a finales del año pasado había en Europa 236 GW de potencia eólica instalados. Hasta mediados de esta década se instalarán, al menos, otros 100 GW más. Los países con más instalaciones son Reino Unido, Suecia, Alemania, Turquía y los Países Bajos.

A pesar de que la potencia fotovoltaica instalada es mayor que la eólica, la energía del viento es más productiva. Según la AIE, en 2021 se produjeron mediante turbinas eólicas 1.870 TWh de electricidad, más del doble que a través de las granjas solares. Al igual que sucede con la energía fotovoltaica, la eólica depende de que el viento sople en unas condiciones determinadas. Por ejemplo, durante 2020 y 2021, a pesar de que Europa incrementó considerablemente su capacidad, la producción total descendió un 3 % debido a que el viento fue más débil de lo normal durante largos periodos de tiempo.

Energía hidráulica

Hoy en día se construyen ya pocas presas en el mundo, por lo que la capacidad de generar energía hidráulica se ha mantenido bastante estable en los últimos años. Sin embargo, sigue siendo la fuente de energía renovable más extendida del planeta. Lo es, sobre todo, porque llevamos sacándole partido para generar electricidad cerca de 150 años (la primera central hidroeléctrica empezó a funcionar en 1878 en la ciudad de Rothbury, en Inglaterra). Y, si tuviésemos en cuenta los primeros molinos de agua, tendríamos que remontarnos más de 2.500 años en la historia.

Hoy entendemos por energía hidráulica aquella que aprovecha el movimiento del agua para hacer girar unas turbinas que producen electricidad. Según IRENA, existen 1.230 GW de potencia hidráulica instalados en todo el mundo con los que se produjeron (tal y como asegura la AIE) 4.327 TWh de electricidad en 2021. China, Brasil y Canadá son los mayores productores hidroeléctricos del planeta, aunque los dos primeros han visto reducida su generación en los últimos años debido a la situación de sequía persistente que ha reducido el flujo de agua de los ríos donde se ubican las presas.

Además de ser renovable, la hidráulica es una fuente de energía estable y flexible, que permite generar electricidad en función de la demanda. A diferencia de la solar o la eólica, que producen más cuando hace más sol o más viento (y aunque la energía no haga falta en ese momento), las presas hidroeléctricas controlan el flujo de agua que mueve las turbinas y permiten producir más o menos energía según haga falta. Su gran contra es que los embalses alteran el curso y los ciclos de nutrientes y sedimentos de los ríos.


Energía geotérmica

Otra forma renovable de producir electricidad es sacar partido al calor del interior de la Tierra. La energía térmica que emana del centro de nuestro planeta se acumula en depósitos de agua que pueden ser más o menos superficiales y estar a diferentes temperaturas. Los más fríos (por debajo de los 150 grados Celsius) se utilizan directamente como recursos energéticos para calefacción y agua caliente. Mientras, los recursos geotérmicos de alta temperatura (por encima de los 150 grados) se usan en forma de agua y vapor a muy alta presión para generar energía eléctrica.

Tras muchos años estancada, la energía geotérmica vivió un pequeño ‘boom’ en 2021. Aun así, a nivel mundial hay poco más de 16 GW instalados y la producción se mantuvo por debajo de los 100 TWh (de acuerdo con los datos de IRENA y la AIE, respectivamente). En países volcánicos como Islandia, donde esta fuente de energía es muy accesible, la producción geotérmica es una gran alternativa limpia y renovable. En el país nórdico, el 65 % de la energía primaria se genera en centrales geotérmicas.

Biomasa

Cuando el ser humano aprendió a hacer hogueras, la energía de biomasa pasó a ser la forma más fácil y manejable de calentarse y cocinar. El fuego libera la energía contenida en la materia vegetal, consumiendo oxígeno y generando dióxido de carbono y vapor de agua en el proceso (a muy grandes rasgos). Poco a poco, con el tiempo, hemos ido desarrollando otros métodos de aprovechamiento de esta energía más allá de las hogueras.

La bioenergía o energía de biomasa se produce a partir de una variedad de materiales orgánicos, como madera, carbón vegetal o estiércol, para la producción de calor y energía y para la fabricación de biocombustibles líquidos capaces de reemplazar a los derivados del petróleo. Gracias, sobre todo, a los usos tradicionales, la biomasa es una de las fuentes de energía primaria más utilizadas a nivel global (supone un 6 % del suministro energético global, según la AIE).

Formalmente se considera una energía renovable, ya que las plantas y los árboles crecen y reemplazan a los materiales usados como combustible. Sin embargo, existe bastante debate sobre su impacto ambiental, ya que el cultivo de cereales o las plantaciones forestales para biomasa provocan importantes emisiones de gases de efecto invernadero. Además, estos cambios de usos del suelo son una de las causas principales de la pérdida de biodiversidad a nivel planetario.

Hidrógeno verde

Uno de los términos que más se ha popularizado en los últimos años en el contexto energético es el de hidrógeno verde. Sin embargo, esta no es una energía renovable. De hecho, ni siquiera puede considerarse una fuente de energía. El hidrógeno verde es en realidad un vector energético, un medio que permite almacenar energía que ha sido producida de otra forma y liberarla más tarde, cuando y donde se necesite.


El hidrógeno es el elemento químico más abundante del universo y de la Tierra. Pero en nuestro planeta nunca está solo, sino acompañado de otros elementos, como el oxígeno (formando agua) o el carbono (formando metano, por ejemplo). Así, para usarlo, necesitamos fabricarlo primero mediante alguno de los métodos existentes. Cuando lo fabricamos mediante la hidrólisis del agua y utilizando energías renovables en el proceso, hablamos de hidrógeno verde.

Así, el hidrógeno verde puede servir de alternativa para utilizar los excedentes de energías renovables y almacenarlos para darles uso en otros momentos o lugares en los que sea necesario. Por ahora, los métodos limpios de producir hidrógeno están en fase de pruebas y, probablemente, no será una alternativa energética real hasta mediados de la próxima década. La gran ventaja del hidrógeno es que, además de para producir electricidad, puede ser usado como combustible para todo tipo de vehículos.


Fuente: BBVA


Suprimir la contaminación del aire por combustibles fósiles evitaría más de 5 millones de muertes


Sustituir petróleo, carbón y gas por energías limpias podría tener un impacto mayor del que se creía en la salud global dado que la contaminación por combustibles fósiles es responsable de 5,1 millones de muertes cada año, según un estudio liderado por el Instituto alemán Max Planck que difundió la agencia española de noticias científicas SINC.

La contaminación atmosférica es uno de los cuatro principales factores de riesgo de enfermedad y mortalidad a escala mundial, junto con la hipertensión, el tabaquismo y las dietas malsanas, de acuerdo a esos reportes.

En 2019, último año del que existen cifras globales, la contaminación del aire exterior y doméstico causó alrededor del 12% de todas las muertes del planeta, según las directrices de la OMS sobre la calidad del aire.

Ahora, una nueva investigación de científicos europeos y estadounidenses discriminó estos decesos según el origen y el impacto de todas las fuentes de contaminación del aire (naturales: el polvo del desierto, los incendios espontáneos y las erupciones volcánicas; o antropogénicas, las causadas por la acción humana) y determinó que la contaminación atmosférica conjunta por partículas finas (PM2,5) y ozono (O3) -dos de los principales contaminantes- es responsable de unos 8,3 millones de muertes al año a escala mundial.

De acuerdo con el estudio, publicado por The BMJ (British Medical Journal), de esas más de 8 millones de muertes anuales, 5,1 millones -dos terceras partes del total- estarían provocadas por el uso del petróleo, el carbón y el gas natural en la industria, la generación de energía y el transporte.

Se trata de una cifra mayor de la estimada en trabajos previos y, según concluyen los investigadores, podría evitarse mediante la sustitución progresiva de las energías fósiles por fuentes limpias y renovables, como se acordó de forma no vinculante durante la 28ª conferencia de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (COP28), celebrada en diciembre en Dubái (Emiratos Árabes Unidos).

Para hacer su estimación, los autores idearon un nuevo modelo estadístico cruzando información sobre la carga de enfermedad y mortalidad del estudio Global Burden of Disease de 2019 con datos sobre la distribución de partículas finas y población procedentes de satélites de la NASA.

Este nuevo modelo “tiene implicaciones para los países de renta alta (dependientes en gran medida de la energía fósil) y para los de renta baja y media, en los que el uso de combustibles fósiles está aumentando”, señalaron en el estudio.

“En el sur, este y sudeste de Asia vive el 55 % de la población mundial y se registra el 70 % de la mortalidad relacionada con la contaminación atmosférica”, agregaron y advirtieron que es un importante factor de riesgo para la salud en todo el mundo, incluyendo aquellos países con los mejores índices.

“Aunque la calidad del aire ha mejorado en algunas regiones, como Norteamérica, Europa y Asia Oriental, las poblaciones que envejecen son más susceptibles al riesgo derivado de una exposición prolongada”, indicaron en un editorial que acompaña al estudio de la revista Heli Lehtomäki, del Instituto Finlandés de Salud y Bienestar, y Otto Hänninen, del Instituto Noruego de Salud Pública.

Además de muertes, recalcan los editorialistas, la contaminación del aire produce o agrava patologías como la cardiopatía isquémica, el ictus, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, la hipertensión arterial o enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer y el Parkinson.

“La mejora de la calidad del aire reduciría la carga de varias enfermedades importantes, lo que se traduciría en vidas más sanas y largas, menos pacientes que requieran ingreso hospitalario y otros tratamientos”, añadieron los expertos.

La calidad del aire está muy relacionada con el clima del planeta porque, además de una fuente importante de partículas contaminantes y ozono, los combustibles fósiles son el principal motor del cambio climático, que también daña la salud humana y los ecosistemas en muy diversas formas. Ese impacto no se ha evaluado con esta última investigación -centrada en el de la polución ambiental-, lo que sugiere que eliminarlos supondría beneficios aún mayores para la salud global, como destacan sus autores.

“Dado el objetivo de neutralidad climática para 2050 fijado en el Acuerdo de París, la sustitución de los combustibles fósiles por fuentes de energía limpias y renovables tendría enormes beneficios colaterales para la salud pública y el clima”, insistieron los especialistas.

Fuente: Energia Online