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lunes, 30 de marzo de 2020

EL MUNDO FUTURO SERÁ ELÉCTRICO


Energías renovables




No cabe duda de que para el año 2100 el mundo disfrutará de abundante y barata energía, con cero emisiones de carbono. El carbón estará confinado a museos, y el uso de petróleo y gas se verá drásticamente reducido. El progreso tecnológico hará que esto sea inevitable, incluso sin el apoyo estatal. Pero para prevenir un cambio climático potencialmente catastrófico se debe alcanzar una economía global con cero emisiones para mediados de siglo. Eso también es posible, pero solo con visión estratégica y un sólido apoyo político.
La electricidad dominará el futuro sistema energético global. En la actualidad representa solo el 20 por ciento de la demanda de energía final, mientras que el uso directo de combustibles fósiles sigue predominando en el transporte, la calefacción y la industria pesada. Pero la mayoría de las actividades económicas pueden funcionar con electricidad, y muchas serán enormemente más eficientes una vez que la adopten.
Por ejemplo, los motores de combustión interna típicamente convierten entre un 60 por ciento y un 80 por ciento de la energía en calor inútil, y apenas entre un 20 por ciento y un 40 por ciento en energía cinética para conducir el vehículo. En contraste, los motores eléctricos tienen una eficiencia de más del 90 por ciento.

Más todavía, son tanto más sencillos de producir que dentro de cinco años los ahorros de costos de fabricarlos compensarán el precio de las baterías, haciendo que los vehículos eléctricos sean más baratos que los de diésel o gasolina.

De manera similar, las bombas de calor eléctricas pueden rendir más de 3 kilovatios-hora de calefacción residencial por apenas un kilovatio de suministro energético; ninguna caldera de gas podría rendir más de 0,9 kWh por el mismo insumo.
Amoníaco e hidrógeno
Lujos de Bill Gates 4
se puede producir combustible sintético para aviones a partir de hidrógeno y carbono extraídos del aire.
Foto: 
istock
Si bien los motores eléctricos de baterías desempeñarán un papel de creciente importancia en la aviación y el transporte marítimo de corta distancia, quedan todavía varias décadas para que den energía a vuelos o transporte de larga distancia debido a que siguen siendo demasiado pesados. Pero los motores de los barcos podrían quemar amoníaco en lugar de petróleo como combustible, y el amoníaco puede ser un combustible con cero emisiones de carbono si se genera con hidrógeno producido con la electrólisis del agua, usando electricidad generada por fuentes renovables.

Además, se puede producir combustible sintético para aviones a partir de hidrógeno y carbono extraídos del aire. El hidrógeno, utilizado como combustible o como insumo químico clave, también será un factor crucial en la descarbonización de sectores industriales pesados como el siderúrgico y los químicos.

Incluso sin suponer ningún gran avance tecnológico, ciertamente podemos desarrollar para 2050 una economía global en que la electricidad supliera un 65-70 por ciento de la demanda energética final, y el hidrógeno, el amoníaco o el combustible sintético, un 12-15 por ciento adicional. La bioenergía y los combustibles fósiles tendrían entonces que suplir solo alrededor de un 20 por ciento del uso energético total, y aplicar captura de carbono a este uso de combustibles fósiles notablemente menor podría asegurar una economía con emisiones de carbono que realmente sean cero.

Además, una electrificación así de generalizada proporcionaría inmensos beneficios ambientales, eliminando la polución, el ruido y el calor indeseado o desperdiciado que inevitablemente producen los combustibles fósiles en vehículos, calderas de gas y procesos industriales.
Los datos
Crear esta economía requerirá un suministro eléctrico global de cerca de 90.000 teravatios-hora, en comparación con 23.000 TWh de la actualidad; todo ello se ha de generar con métodos con cero emisiones de carbono. Este objetivo también se puede lograr. Cada día, el Sol irradia a la Tierra energía suficiente como para cubrir las necesidades energéticas humanas diarias 8.000 veces, y podríamos proveer 90.000 TWh de electricidad solar utilizando menos de un 1,5 por ciento de la superficie terrestre (o también menos de un 0,5 por ciento de su superficie marina).

Los costos de la energía solar han caído un 85 por ciento en la última década, y en muchos sitios la energía solar ya es más barata que el carbón; para mediados de siglo será todavía menos costosa.
Cada día, el Sol irradia a la Tierra energía suficiente como para cubrir las necesidades energéticas humanas diarias 8.000 veces
Los costos de la energía eólica también han bajado con rapidez, y la fisión nuclear bien podría ser una tecnología comercialmente viable en dos décadas. Los precios de las baterías han bajado más de un 80 por ciento desde 2010, y probablemente para 2030 se reduzcan más que a la mitad; mientras, un informe reciente sugiere que es muy probable que los costos de la electrólisis “caigan en picada”. Más aún, una amplia gama de otras tecnologías de manejo de la demanda y el almacenamiento de energía promete dar respuesta a la pregunta clave que se suele formular acerca de los sistemas de energías renovables: ¿qué hacer cuando no brilla el sol ni sopla el viento?

Estos avances hacen inevitable que para el 2100 el mundo cuente con una amplia variedad de fuentes de energía baratas y completamente limpias. Pero lo que no es inevitable es que podamos eludir un cambio climático de dimensiones catastróficas.
Un reto urgente
El consumo de combustibles fósiles sigue en aumento, y en la actualidad nos encaminamos a que en 2100 el calentamiento global sea de 3 °C por encima los niveles preindustriales, superando considerablemente el objetivo de bien por debajo de los 2 °C establecido en el Acuerdo climático de París. Y, aunque los costos de la energía solar y eólica han bajado muchísimo, tenemos que aumentar la capacidad a 3 o 4 veces el ritmo actual para tener una posibilidad factible de producir 90.000 TWh de electricidad limpia para 2050.

El costo macroeconómico de un esfuerzo así no es para nada apabullante: la inversión gradual necesaria para una economía con cero emisiones de carbono para 2050 representa cerca de un 1 a un 1,5 por ciento del PIB global por año. Pero la aceleración que se requiere no ocurrirá sin medidas estatales obligatorias.

Tales políticas deben comenzar por reconocer que la electrificación limpia masiva, además de un uso de hidrógeno de gran escala, es la única ruta para alcanzar una prosperidad con cero emisionesLos gobiernos debieran fijarse objetivos que supongan un desafío para aumentar la capacidad energética renovable (y, en algunos casos, nuclear), al tiempo que usan subastas para asegurar el suministro del sector privado al menor costo posible.
Las estrategias de transporte terrestre deben apuntar a eliminar por completo los motores de combustión interna de nuestros caminos para 2050 como muy tarde
Las estrategias de transporte terrestre deben apuntar a eliminar por completo los motores de combustión interna de nuestros caminos para 2050 como muy tarde: para ello se necesitarán prohibiciones de su venta mucho antes de lo previsto. Además, la tarificación del carbono es esencial para lograr que la descarbonización industrial sea económicamente viable. Por último, los gobiernos deben apoyar nuevas tecnologías con subsidios para la instalación inicial como las que ya han ayudado a reducir velozmente los costos de la tecnología fotovoltaica solar, las turbinas eólicas y las baterías.

Con políticas de este tipo, el mundo podría desarrollar una economía con cero emisiones de carbono lo bastante rápido como para limitar el cambio climático en un nivel manejable. Pero sin las medidas correctas, esa economía llegará demasiado tarde.
FUENTE: El Tiempo , 29 / 03 / 2020

EL CAMBIO CLIMÁTICO PUEDE DUPLICAR LAS MUERTES RELACIONADAS CON EL CORAZÓN

Cuando las temperaturas alcanzan una media diaria de 43 grados, la cantidad de muertes por enfermedad cardiovascular puede duplicarse o incluso triplicarse.

El cambio climático puede duplicar o triplicar las muertes relacionadas con el corazón



Los investigadores señalan que estos hallazgos plantean preocupaciones de que las regiones tradicionalmente calientes puedan ser especialmente vulnerables a las muertes cardiovasculares relacionadas con el calor, según una nueva investigación publicada en 'Circulation', la revista de la Asociación Americana del Corazón.
La temperatura más alta en la tierra en los últimos 76 años, 53,8 grados, se registró recientemente en Kuwait. Dadas las altas temperaturas constantes en Kuwait (con una temperatura ambiente promedio de 27,8 grados), los investigadores examinaron la relación entre la temperatura y más de 15.000 muertes relacionadas con enfermedades cardiovasculares en el país. Todos los certificados de defunción en Kuwait de 2010 a 2016 que citan "cualquier causa cardiovascular" para personas de 15 años o más fueron revisados para este estudio.
El cambio climático puede duplicar o triplicar las muertes relacionadas con el corazón
En comparación con el número de muertes en los días con la temperatura de mortalidad más baja (temperatura promedio diaria de 34,4 grados, cuando murieron la menor cantidad de personas), cuando la temperatura promedio de 24 horas fue extrema (42,7 grados o más), los investigadores encontraron en general, un riesgo 3 veces mayor de morir por cualquier causa cardiovascular.
Los hombres fueron más afectados por las temperaturas extremas, experimentando una tasa de mortalidad 3,5 veces mayor, mientras la tasa de mortalidad entre las mujeres fue casi 2.5 mayor.
Las personas en edad laboral (de 15 a 64 años) tuvieron una tasa de mortalidad 3,8 veces mayor y la tasa de mortalidad fue un poco más de 2 veces mayor para las personas mayores de 65 años.
Para examinar los efectos de la temperatura por sí sola, los investigadores ajustaron otros factores ambientales como la contaminación del aire y la humedad y las temperaturas más altas afectaron a ambos sexos y a todas las edades de manera diferente.
"Si bien los cardiólogos y otros médicos se han centrado correctamente en los factores de riesgo tradicionales, como la dieta, la presión arterial y el consumo de tabaco, el cambio climático puede exacerbar la carga de la mortalidad cardiovascular, especialmente en regiones muy calurosas del mundo", advierte Barrak Alahmad, un erudito de la misión de la Universidad de Kuwait y candidato al doctorado en salud ambiental en la Harvard TH Chan School of Public Health en Boston.
Cuando aumenta la temperatura corporal central, el cuerpo humano trata de enfriarse al desplazar la sangre de los órganos hacia debajo de la piel. Este cambio hace que el corazón bombee más sangre, lo que lo somete a un estrés significativamente mayor.
Un grupo colaborativo de cardiólogos, especialistas en salud ambiental y epidemiólogos plantearon la hipótesis de que el aumento de las temperaturas en las regiones más cálidas del mundo podría provocar un aumento de la muerte por ECV debido a los efectos del calor extremo en el cuerpo.
"El calentamiento de nuestro planeta no está distribuido de manera uniforme. Las regiones que son inherentemente calientes, como Kuwait y la Península Arábiga, están experimentando temperaturas elevadas como nunca antes. Estamos haciendo sonar la alarma de que las poblaciones en esta parte del mundo podrían estar en mayor riesgo de morir por causas cardiovasculares debido al calor", señala Alahmad.
"Aunque no podemos concluirlo a partir de este análisis, los hombres y las personas en edad laboral pueden haber tenido un mayor riesgo debido a pasar más tiempo afuera --agrega--. Necesitamos explorar más esta relación y considerar estrategias preventivas serias que podrían reducir el impacto del aumento de las temperaturas en nuestra salud".
El estudio se limitó al tener solo información sobre cualquier causa cardiovascular de muerte, por lo que no se sabe si algún tipo específico de problema cardíaco es más susceptible a la influencia del calor extremo. Aunque los investigadores encontraron una fuerte asociación entre las temperaturas extremadamente altas y el aumento de las muertes cardiovasculares, se necesita más investigación para establecer una relación de causa y efecto.
FUENTE: Ecoticias , 30/03/2020

¿CAMBIARÁ EL CORONA VIRUS NUESTROS HÁBITOS DE CONSUMO?



El cielo ha recuperado el color azul en la región china de Wuhan, donde se detectó por primera vez el coronavirus en diciembre; en Venecia, los canales se han vuelto tan transparentes que en el fondo pueden verse bancos de peces; mientras que en San Francisco el tráfico casi ha desaparecido.
Desde el cielo, el satélite Sentinel-5 de la Agencia Espacial Europea ha detectado una sorprendente reducción del dióxido de carbono en el aire de China e Italia, donde se ha limitado al máximo el movimiento de la población con la esperanza de frenar la expansión del virus.
Aunque estos dos países sean los casos más drásticos, el fenómeno se repite en todo el mundo: En Lima, donde la cuarentena general y obligatoria comenzó el lunes 16, se respira el aire más limpio de los últimos tres años, después de que los niveles de contaminación hayan bajado repentinamente en más del 50% respecto a los que se registraban en las mismas fechas en 2018.
Y en Sao Paulo, la ciudad más poblada de Brasil, se prevé un desplome similar de las emisiones de dióxido de carbono, debido al parón decretado de algunas fábricas y a la reducción de la movilidad, ya visible en toda la urbe.
Sin embargo, los expertos advierten de que el descenso en los niveles de contaminación será temporal y, a largo plazo, el impacto medioambiental dependerá de cómo cada país actúa para recuperar su actividad económica.

Sin apenas repercusiones a largo plazo

Emanuele Massetti, profesor en el Instituto de Tecnología de Georgia en EE.UU., ha estado estudiando los efectos que están teniendo las restricciones del Ejecutivo italiano sobre 60 millones de personas, que desde el 10 de marzo no pueden salir de sus casas.
“Ha habido un descenso en la contaminación en Italia. Eso se produce porque, en cuanto la gente deja de conducir, las emisiones bajan. La polución del aire tiene una vida muy corta. Cuando pasan unas semanas, es absorbida por los ecosistemas y el aire se limpia”, explica a EFE.
Sin embargo, Massetti avisa de que la creciente pureza del aire no significa que se haya puesto un freno al calentamiento global, ya que en la atmósfera hay acumuladas grandes cantidades de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero desde la Revolución Industrial de mediados del siglo XVIII.
Por tanto, que la gente deje de conducir durante dos o cuatro semanas no tendrá grandes consecuencias a largo plazo porque se trata solo de una pequeña fracción de todos los gases de ese tipo que ya están en la atmósfera y causan el calentamiento global.
Massetti, que vive en EE.UU. pero creció en Roma, subraya que “los efectos de la crisis del coronavirus en el cambio climático solo podrían hacerse patentes si la economía mundial colapsara durante años”, algo que precisamente están intentando evitar los organismos financieros y Gobiernos de todo el mundo.

¿Cambiará el coronavirus nuestros hábitos de consumo?

Por su parte, los más optimistas creen que sí podrían darse cambios a nivel individual, como el experto de la Universidad de California Christopher Jones, para quien la gran pregunta es si la pandemia provocará cambios permanentes en los hábitos de consumo de la población mundial.
“Cada dólar que la gente gasta contribuye a un aumento de los gases de efecto invernadero. Quizá la gente descubra que le gusta hacer reuniones por Internet, que eso puede ser eficiente, y dejen de gastar en hoteles, salas de conferencias y aviones”, argumenta Jones.
Este científico dirige un centro de investigación en Berkeley (California) que se dedica a calcular la “huella de carbono” de cada hogar en EE.UU., es decir, la totalidad de gases de efecto invernadero que se emiten como resultado de gastos en transporte, energía, comida, bienes o servicios.
Todavía no tiene información sobre el parón económico actual, pero está observando muy atentamente los datos que llegan sobre desperdicios de comida porque son uno de los factores que más contribuyen al cambio climático.
En concreto, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que el 30% de los alimentos a nivel mundial se desperdicia, lo que contribuye a un incremento del 8% sobre el total de las emisiones de efecto invernadero.
“Quizás esta crisis enseñe a la gente a desperdiciar menos la comida, o puede que tenga el efecto contrario, ya que muchos están comprando más de lo que necesitan”, reflexiona Jones, que para contribuir a ese cambio ha plantado en el jardín de su casa zanahorias, espinacas y cebollas.

“Polución vengativa” para recuperar el tiempo perdido

Sin embargo, más allá de los esfuerzos a nivel individual, las repercusiones positivas para el medio ambiente derivadas de la pandemia podrían no solo desaparecer por completo, sino volverse negativas, dependiendo de la reacción de cada país para afrontar la consiguiente crisis económica.
“En China, se está preparando un paquete de estímulo y el debate ahora mismo se centra en la dirección que este debe seguir”, explica a EFE el portavoz de Greenpeace en China Li Shuo.
Si los estímulos para reactivar la economía se centran en energías limpias y sectores respetuosos con el medio ambiente, como las telecomunicaciones o la tecnología, el coronavirus podría, accidentalmente, haber contribuido su grano de arena en el cambio de modelo productivo del gigante asiático.
Lo más probable, no obstante, es que los peores presagios de Li se confirmen y China apueste por lo que él ha bautizado como “polución vengativa”, es decir, inversiones en carbón, petróleo y las mismas industrias pesadas que en las pasadas décadas la convirtieron en la fábrica del mundo.
A nivel global, el petróleo es ahora el combustible más atractivo debido a que su precio ha descendido a niveles que no se veían desde 1991, en plena Guerra del Golfo.
Al respecto, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha advertido de que los bajos precios de petróleo podrían debilitar las inversiones que Gobiernos de todo el mundo han hecho para potenciar la compra de vehículos eléctricos o promover energías limpias, como la solar o la eólica.
FUENTE: Ambientum , 30/03/2020

domingo, 29 de marzo de 2020

POLONIA DICE QUE EL CORONA VIRUS COMPLICARÁ ALCANZAR OBJETIVO CLIMÁTICO DE LA UE


FOTO DE ARCHIVO. Nubes de humo y vapor se ven en Belchatow, Polonia, donde está la central eléctrica a carbón más grande de Europa operada por PGE Group. 28 de noviembre de 2018. REUTERS/Kacper Pempel.
FOTO DE ARCHIVO. Nubes de humo y vapor se ven en
Belchatow, Polonia, donde está la central eléctrica a carbón
más grande de Europa operada por PGE Group.
28 de noviembre de 2018. REUTERS/Kacper Pempel.


BRUSELAS, 24 mar (Reuters) - Polonia, país dependiente en gran medida de las centrales eléctricas de carbón, va a tener aún más dificultades para alcanzar los objetivos climáticos de la Unión Europea debido al impacto de la epidemia de coronavirus en su economía y sus empresas, según dijo el miércoles el Gobierno polaco.
Polonia es el único país de la UE que aún no se ha comprometido con el objetivo del bloque de reducir a cero las emisiones netas de gases de efecto invernadero para el año 2050, el punto central del Acuerdo Verde de la Comisión Europea.
Aunque el órgano ejecutivo de la UE propuso este mes leyes con las que alcanzar el objetivo de emisiones netas cero, en las últimas semanas la rápida propagación del coronavirus ha impulsado la adopción de medidas radicales en todo el bloque, las cuales han trastocado la actividad de las empresas y afectado a las perspectivas económicas.
"Como consecuencia de esta crisis, nuestras economías serán más débiles, las empresas no tendrán suficientes fondos para invertir y la finalización de algunos importantes proyectos energéticos podría verse retrasada o incluso suspendida", dijo el Ministerio de Medioambiente de Polonia a Reuters.
"Estos son problemas reales a los que nos enfrentaremos pronto y alcanzar nuestros objetivos climáticos será todavía más difícil por ello", respondió por escrito el ministerio a las preguntas de Reuters.
Polonia ya ha dicho con anterioridad que la UE debería desechar su programa de comercio de derechos de emisión o eximir del mismo a Polonia.
FUENTE: Infobae , 29/03/2020

PARADOJAS VIRALES




Desde hace al menos medio siglo, sectores importantes de la comunidad científica internacional vienen alertado sobre los problemas presentes y futuros del crecimiento económico indiscriminado. Desde hace unas dos décadas los llamados de alerta e incluso alarma sobre el cambio climático, la emisión de gases de efecto invernadero, la contaminación ambiental, el extractivismo, la desforestación y la inminente proliferación de todo tipo de plagas se han multiplicado hasta la angustia.
Sin embargo, las ínfimas cuotas de reducción de la emisión de gases que las autoridades internacionales lograban consensuar (muy lejanas aún así de las recomendaciones hechas por los científicos) no eran cumplidas. El escenario global es el de una larga y rápida marcha hacia la catástrofe. De no frenarse el calentamiento global en la próxima década, las víctimas se contarían por cientos de millones. Esto se sabe. Lo saben. Pero la marcha de la economía capitalista no se detiene. Más bien al contrario: si el crecimiento no supera en 3 por ciento anual se habla de crisis o de recesión, y se alerta sobe las penosas consecuencias sociales en términos de desempleo, etc. La economía debe crecer. No hay alternativa. Pero el planeta estallará. No hay alternativa. Pero el cambio climático causará ciento de millones de víctimas y de muertes. No hay alternativa: la economía tiene que crecer.
Pero estamos destruyendo nuestra casa que es este planeta cada vez más devastado. No hay alternativa, hay que seguir adelante: la economía no se puede detener. Pero esto es absurdo, los bienes que se producen son cada vez más superfluos (automóviles, celulares, tablets) y la inmensa mayoría de las personas a duras penas puede comer. Las cosas son así, no hay alternativa, no hay alternativa, no hay.
Las cosas estaban así a nivel mundial. Y de repente llegó el Covid 19. En cuestión de semanas se redujo un 35 % la emisión gases de efecto invernadero. La economía mundial se frenó prácticamente en seco. Países enteros entraron en cuarentena obligatoria. Todo, absolutamente todo lo que se decía que era imposible, de repente se volvió realidad.
El planeta respira, ligera y temporalmente aliviado, mientras enormes cantidades de la población mundial viven en estado de pánico y de auto-encarcelamiento como medida de salvación pública. Paradójicamente, un virus ha hecho más por frenar el calentamiento global que todas las autoridades de todos los países en los últimos cincuenta años.
Las buenas conciencias quizá se consuelen pensando que al menos esta catástrofe viral servirá para que tomemos conciencia de que todos somos parte de un mismo barco y que necesitamos unirnos para salvarnos. Y sin embargo no; en este momento de “frente único” contra la amenaza del covid 19 es necesario no perder la cabeza. Ningún virus hará lo que tenemos que hacer como humanidad.
Aunque resulte disonante y políticamente incorrecto, hay que decir que el impacto público de esta pandemia tiene mucho que ver con las franjas etarias, los sectores de clases y los grupos étnicos que se han visto principalmente afectados. El sesgo es pronunciado. Más aún: es casi increíblemente pronunciado. A nivel mundial, el 95 % de las víctimas superan los 60 años. Más aún, el 80 % de las víctimas superan los 70 años, y por ende se hallan casi todas por encima de la esperanza de vida promedio (que ronda los 72 años, con obvias y escandalosas diferencias regionales y de clase).
El virus prácticamente no afecta a los menores de 10 años, y hasta ahora no ha provocado ningún deceso en esta franja etaria. Los casos de contagio son escasos en la franja de entre 10 y 19 años, y los muertos son unos pocos.
Ahora bien, es claro como el agua clara que el promedio de edad de los líderes políticos mundiales, de los ricos y los super-ricos, de los CEOs de las corporaciones, de los ejecutivos de organismos internacionales; en suma, la franja etaria promedio de quienes dominan el mundo los coloca entre la población de riesgo. A esto se suma que los estados más afectados son potencias mundiales o países relativamente acomodados, y que con la excepción parcial de China, el virus circuló profusamente en sectores sociales con capacidad para viajar al extranjero. En menores de 30 años la mortalidad del covid 19 no difiere mucho de la gripe común. Para la gran mayoría de la población mundial, la amenaza mortal del virus es realmente baja.
No nos engañemos: no son las vidas de la población en general lo que les preocupa. Son sus propias vidas, que sienten ante un riesgo mayor. Mientras los muertos en masa caen por balas, cólera, desnutrición, malaria o gripe en las villas miseria, en África, en Medio oriente, en los campos de refugiados, en las barriadas populares ... la vida sigue para ellos como si tal cosa. Nunca les tembló el pulso para reducir presupuestos de salud, pagar jubilaciones miserables, recrudecer la explotación, achicar los salarios, talar los bosques, echar al mar refugiados, contaminar los ríos, inundar el mundo de sustancias cancerígenas, establecer bloqueos económicos a países enteros o lanzar misiles a mansalva lamentando cínicamente sus “efectos colaterales”. Pero cuando las víctimas potenciales son ellos… entonces son capaces de todo. Incluso de hacer lo inimaginable. Incluso de hacer lo que durante años dijeron que no se podía hacer -reducir drásticamente la emisión de gases- aunque fuera indispensable para salvar a millones de personas de una catástrofe inminente.
Desde luego que políticos y empresarios conocían y conocen perfectamente los efectos devastadores que el cambio climático ocasionará: pero calculaban que a ellos no les llegaría. Los muertos del cambio climático no serían sus muertos. Para su sorpresa, el covid 19 también se metió con ellos. De eso al pánico no había mucho más que un paso. Hasta que se desarrolle una vacuna nos tendrán a todos y todas obsesionados con su amenaza. La gripe común afectó a 32 millones de estadounidenses el año pasado, 350.000 de los cuales debieron ser hospitalizados y 18.000 murieron. En España los muertos por gripe en 2019 fueron más de 6.000.
Pero, claro, para la gripe hay vacuna y se mueren solamente quienes no pueden costearla. Para el covid 19 todavía no la hay. Cuando la vacuna esté disponible los medios de comunicación de masas se olvidarán pronto si la bendita vacuna no llega al pobrerío.
Con un puñado de excepciones (quizá Corea, acaso Alemania) las autoridades públicas oscilaron entre el negacionismo omnipotente y el pánico. Los líderes chinos pasaron de uno a otro en cuestión de días: de negar el problema y tomar medidas represivas contra los médicos que alertaban sobre los riesgos, a establecer una cuarentena total en Wuhan. A medida que los contagios se esparcían por el mundo por medio de los viajeros y viajeras internacionales, el pánico comenzó a generalizarse entre las clases altas. Desde luego que en España y, sobre todo en Italia, la situación es dramática. Pero no deberíamos olvidar que la inmensa mayoría de las víctimas pertenecen a franjas etarias numerosas en esos países, pero exiguas en muchos otros. En África, en India, en buena parte de América Latina los mayores de 80 (que son el 50 por ciento de las víctimas) son muy escasos: allí se mueren antes de alcanzar esas edades por enfermedades curables. En Italia los mayores de 65 años representan un 22 % de la población. En España son aproximadamente el 16 %. Son países del llamado “primer mundo”. Pero en Argentina sólo un 8 % corresponde a esa franja etaria, en la que se registra el 95 % de las víctimas fatales. Y digámoslo todo: en India son menos del 2 %. Desigualdad global, que le dicen.
Esto no significa que haya que tomar a la ligera a la pandemia. Pero el pánico que ha generado tiene mucho que ver con que ha afectado a sectores sociales que tradicionalmente se consideran invulnerables. Y al poder social, económico, político y mediático que poseen.
Entre tanto, esos mismos sectores querrán volver, cuando pase el temblor, a la lógica capitalista de siempre, basada en un productivismo estúpido y un consumismo histérico. El 99,9 por ciento de la humanidad sobrevivirá al Covid 19. Pero seguirá presa del desquiciado virus de una vida orientada por las ganancias del capital, que nos conduce a todos al desastre a pasos rápidos y -en medio de un estado de sitio real o virtual a causa del virus- a paso militar. Y a ese desastre no le pondrá freno un virus biológico, sino la organización, la consciencia y la capacidad de lucha de los trabajadores y trabajadoras del mundo dispuestos a enfrentar la locura capitalista.
Con o sin Covid 19, la tarea de la hora -aunque a muchos parezca imposible- es abolir el capitalismo. Acaso sin quererlo, los sectores dominantes, al paralizar la economía, nos han dado muestras de su propia radicalidad. La tibieza, la moderación, el hacer sólo lo que parece posible, la negociación a la baja, la cautela reformista, el posibilismo, son taras insufladas en la conciencia pública por décadas de propaganda interesada. Ellos, los dueños del mundo, son capaces de tomar las medidas más radicales cuando se sienten personalmente amenazados. Nos han dado una lección. Nosotros, los explotados en el capitalismo del desastre, debemos tirar por la borda el tibio posibilismo que nos suicida en cuotas. Hay que tomar las medidas más radicales para acabar con el capitalismo. Cuando la vida está en juego, no hay margen para la tibieza. El capitalismo coloca a la inmensa mayoría de la humanidad ante la inminencia del desastre ecológico. Si la economía se puede parar por un virus, ¿cómo no podríamos relentizarla por medio de una revolución que organice sensatamente la producción y distribuya igualitariamente el disfrute de las riquezas?
En medio de la pandemia, cierto aislamiento social es desde luego recomendable, aunque la brutalidad policial con que en muchos casos se quiere imponer una imposible y en gran medida hipócrita cuarentena total sea un despropósito, sobre todo en las condiciones de hacinamiento o de falta de vivienda que proliferan en nuestro país.
Pero, en cualquier caso, recordemos que a la revolución no la vamos a hacer quedándonos en casa.
FUENTE: La Izquierda Diario , 25/03/2020

sábado, 28 de marzo de 2020

LA ADAPTACIÓN AL CAMBIO CLIMÁTICO: "LAS LECCIONES DEL CORONA VIRUS"





En medio de una pandemia que ya ha dejado más de 20 000 muertos en el mundo, el Día Mundial del Clima y la Adaptación al Cambio Climático cobra especial relevancia, pues más allá de ser un día clave para generar conciencia en la población sobre la importancia que tienen sus acciones en la variación climática, la ciencia ha mostrado evidencias de la relación entre la aparición de nuevas enfermedades y la devastación de los ecosistemas.
Este 2020 fue catalogado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente como un ‘Súper año’ para la biodiversidad. Diversas reuniones deberían llevarse a cabo este año para evaluar avances en los compromisos adoptados y acordar nuevos tratados para proteger ecosistemas que todavía se encuentran desatendidos.
En medio de este escenario, Mongabay Latam conversó con varios expertos para preguntarles qué es lo que esta crisis nos está mostrando en términos ambientales y qué relación tiene con el modelo de consumo que prima hoy en el mundo.
Conservación en tiempo de pandemia
Según los últimos informes científicos, un millón de las casi 8 millones de especies de animales y plantas que existen en el mundo están en peligro de desaparecer. Además, nunca en la historia de la humanidad los ecosistemas se habían deteriorado a la velocidad con la que lo hacen hoy.
Este 2020, por lo tanto, es un año clave para el Planeta pues debe marcar el inicio de las acciones que permitirán alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030. Los países deben presentar este año estrategias que sean más ambiciosas que las propuestas hasta ahora, para lograr así reducir en un 20% las emisiones de gases de efecto invernadero al 2030 y tener cero emisiones al 2050. El objetivo es evitar que la temperatura del planeta se eleve por sobre los 1,5° C respecto al período preindustrial. De no lograrlo, el cambio climático provocará “un efecto dominó en cada gran desafío que enfrenta la humanidad”, advirtió el Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres. 
Científicos aseguran que, en medio de la incertidumbre y la tragedia de las vidas perdidas hasta hoy, el coronavirus nos abre una ventana para reflexionar sobre las consecuencias que puede tener el cambio climático. Para Felipe Castro, director del Centro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para América Latina y el Caribe, la ciencia ha encendido todas las alertas para demostrar que si no se toman acciones, el cambio climático "va a generar dolor y sufrimiento humano parecido al que estamos viviendo ahora”. Y añade que “es una profecía que está muy bien documentada por la mejor ciencia disponible en el mundo”.
FOTOGRAFÍAS DE DRONES AÉREOS QUE MUESTRAN EL ALCANCE DEL IMPACTO DE LA DEFORESTACIÓN DE LA EXTRACCIÓN DE ORO ALUVIAL EN LOS BOSQUES TROPICALES DE LA REGIÓN DE MADRE DE DIOS.
Manuel Pulgar-Vidal, exministro del ambiente de Perú, hoy líder de Clima y Energía para WWF, asegura que “parte de lo que viene experimentando el mundo en los últimos años con presencia de nuevos virus, mutaciones, enfermedades o nuevos vectores de enfermedades en lugares donde no existían, es el resultado del aumento de la temperatura, de la pérdida de los ecosistemas y del comercio de vida silvestre para fines domésticos”.
Aunque aún no se sabe exactamente cuál fue la cadena de transmisión de la enfermedad, “todo indica que fue a través de un animal”, dice Castro.
LOS PANGOLINES SON EL ANIMAL MÁS TRAFICADO DEL MUNDO, PERO NO SE HA CONFIRMADO QUE LOS PANGOLINES FUERAN LOS HOSPEDADORES INTERMEDIARIOS DE COVID-19. FOTO: CORTESÍA DE PRIYAN PERERA.
El responsable del contagio, sin embargo, no sería otro más que el ser humano. En conversación con Mongabay Latam, Castro explicó que la transformación del uso de la tierra para la expansión de la frontera agrícola, así como el asentamiento de ciudades, “han hecho que el hombre llegue a sitios donde antes no llegaba”. El experto asegura que eso ha permitido que los seres humanos entren en contacto con especies a las cuales antes no tenía acceso y, a su vez, “con reservorios naturales de patógenos como el COVID-19 que es al que nos estamos enfrentando actualmente”. De esa manera, explica Castro, se transmiten enfermedades de los animales al hombre.
Además, existen ejemplos en donde los cambios del clima han modificado la distribución de ciertos organismos que transmiten enfermedades. Es el caso del dengue, la chikungunya o el paludismo, dice Adrián Fernández, director ejecutivo de Iniciativa Climática Regional de América Latina (LARCI). “Está perfectamente documentado que están cambiando los patrones de distribución de los organismos que transmiten estas enfermedades”, asegura el biólogo. Ello debido a que los cambios del clima han modificado las condiciones ambientales de humedad, de sequía y de vegetación. “Por ejemplo, en zonas tropicales donde empieza a haber mayor humedad y temperatura, se generan cambios en la vegetación y mayores extensiones de terrenos que son propicios para la aparición de moscos. Estos son en muchos casos transmisores de enfermedades ya existentes y que habían sido erradicados de algunos lugares”, señala el científico.
En opinión de Pulgar-Vidal, “la crisis del coronavirus nos está dando una gran lección sobre la singularidad del Planeta”. El experto se refiere a la interconexión que existe entre el ser humano y sus acciones con todos los organismos que habitan la tierra y los elementos que la conforman. Debido a esa interconexión, Pulgar-Vidal plantea que todas las estrategias que se lleven a cabo para enfrentar la crisis climática deben ser integrales. La prueba está —asegura— en que la gobernanza fragmentada, es decir, atender los desafíos de salud, de eficiencia energética, de superación de la pobreza, de seguridad alimentaria o de conservación de ecosistemas, de manera independiente unos de otros, no nos ha permitido cumplir con ese objetivo”.
En ese sentido, Fernández, quien ha sido consultor para la Organización Mundial de la Salud y las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y Director General de Gestión Ambiental en la Secretaría de Medio Ambiente de México, señala que “el gran problema que sigue teniendo el cambio climático es que en muchos países todavía no se entiende que no es un problema de medio ambiente. Es un problema que atenta contra la posibilidad de alcanzar o mantener niveles de bienestar en la población”.
¿Menor atención para los compromisos ambientales?
Que este 2020 sea, tal como se espera, el ‘Súper año’ para la biodiversidad es aún incierto debido a la crisis sanitaria que afecta al planeta.
Frente a catástrofes como la que estamos viviendo, tanto la energía como los recursos van a estar enfocados a algo que no teníamos presupuestado”, dice Paulina Aldunce, investigadora del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2. “Los gobiernos van a tener que sacar recursos de otros ítems y me imagino que el cambio climático va a tener menor atención este año”, señala la científica.
Aún así, Aldunce señala que, probablemente, el 2020 “va a ser un año en que la población va a aumentar la conciencia ambiental. Las personas se van a dar cuenta de qué es lo que hay allá afuera y los efectos que tenemos en el medio ambiente”.
LA PÉRDIDA DE BIODIVERSIDAD SE HA ACELERADO EN LOS ÚLTIMOS 50 AÑOS. FOTO: NINA CORDERO.
En efecto, ya están a la vista algunas consecuencias tras el confinamiento de las personas en sus casas y la detención de la producción: los niveles de contaminación del aire han bajado, “en Venecia volvieron animales, volvieron aves, los ríos que están turbios están claros”, enumera Aldunce.
Felipe Castro coincide y agrega que de pronto esta pandemia "hace que la gente tome más en serio el cambio climático. Que los seres humanos no somos invencibles y que no todo lo podemos solucionar con la ciencia. Que tenemos que cambiar nuestros hábitos de consumo, que hay límites y que el planeta nos impone esos límites”.
La masificación del teletrabajo es, según Fernández, un “súbito experimento de grandes magnitudes donde literalmente millones de personas en el mundo están trabajando desde sus hogares”. Eso, en opinión del experto, podría tener enormes impactos positivos en la disminución de gases de efecto invernadero. Por ello asegura que “habrá que evaluar muy bien, de la gran diversidad de empleos, cuáles pueden continuar manteniéndose en modo remoto”.
ISLAS DE BAJA CALIFORNIA EN EL MAR DE CORTÉS, EL LLAMADO "ACUARIO DEL MUNDO" POR SU RICA BIODIVERSIDAD MARINA. FOTO: INSTITUTO DE ECOLOGÍA UNAM
Con todo, los científicos coinciden en que esta crisis puede generar oportunidades para cambios culturales acelerados que empujen acciones que nos permitan lograr la meta de detener el aumento de la temperatura global del planeta.
Para Pulgar-Vidal es precisamente ese impulso el que debe ser aprovechado para que este 2020 continúe siendo un ‘Súper año’ para la biodiversidad. De hecho, asegura que “debe serlo”, puesto que “si somos conscientes de la lección que nos da el coronavirus respecto a la singularidad del planeta, sería absurdo que el mundo diga me voy a enfocar solamente en la crisis de salud y se olvide de sus fuentes. Si las fuentes son naturaleza, si las fuentes son clima, entonces no estaríamos haciendo nada. Simplemente estaríamos postergando la siguiente pandemia para los próximos años”.
El deber de América Latina
A excepción de Brasil, los países latinoamericanos no son grandes emisores de gases de efecto invernadero. Las acciones que, por ende, provengan de ellos no tienen el alcance que pudieran tener aquellas impulsadas por países como China, Estados Unidos, India, Rusia o Japón.
Aún así, Castro asegura que “la degradación ambiental que se está viviendo en nuestros países sí está generando efectos en términos de mayores emisiones”. El experto explica que “al deforestar como estamos deforestando la Amazonía, por ejemplo, estamos liberando carbono a la atmósfera porque el bosque es un reservorio donde se conservan los gases de efecto invernadero”, y lo mismo ocurre al degradar los humedales.
Aldunce añade a lo dicho por Castro que la sumatoria de todos los países que aportan con menos del 1% a los gases de efecto invernadero suman, en conjunto un 25%. “Ese es un dato relevante y demuestra que también debemos hacer esfuerzos”, asegura la científica.
EXPERTOS SEÑALAN QUE LA DEFORESTACIÓN MASIVA EN LA CORDILLERA DE LOS PICACHOS PODRÍA DESESTABILIZAR EL CICLO DE AGUAS Y LLUVIAS EN LA AMAZONÍA DE TODO EL CONTINENTE. FOTO: RUTAS DEL CONFLICTO.
Muchas de las economías de los países latinoamericanos se sostienen en la exportación de productos con alto contenido de carbono, como es el caso del petróleo. Frente a una economía global que, según Pulgar-Vidal, “ya empezó a cambiar”, si los países de América Latina siguen exportando productos con alto contenido de carbono “lo que va a ocurrir es que esos productos van a ser negados o castigados en el precio”.
Otro ejemplo de la responsabilidad que tiene América Latina en sumarse a los esfuerzos globales en la lucha contra el cambio climático tiene que ver con la movilidad. Países europeos ya han anunciado que en pocos años más dejarán de ingresar a sus mercados vehículos de combustión. “¿Dónde crees que va a ir ese mercado obsoleto de vehículos?”, pregunta Pulgar-Vidal. "Aquellos países que no se atrevieron a regular creyendo que no tenían nada que hacer porque no era su responsabilidad, entonces se van convertir en el basurero de tecnología obsoleta como ya ha ocurrido en el pasado”.
FUENTE: Mongabay,   26/03/2020