l actor nominado al Oscar Joaquin Phoenix protagonizó “Guardians of Life”, un cortometraje realizado por Extinction Rebellion en colaboración con Amazon Watch.
La estrella de Joker actúa junto a Rosario Dawson, Matthew Modine y Oona Chaplin.
Los actores interpretan a doctores intentando salvar a un paciente en una mesa de operaciones, cuyo paciente presenta “incendios forestales, con estado frenético al punto del colapso”.
El equipo médico hace su mayor esfuerzo para devolverle los latidos al paciente si éxito alguno. Cuando declaran la hora de la muerte, se revela que el paciente era el planeta Tierra.
Respecto al video, Phoenix comentó: “Es un llamado a la acción. Lo hice para levantar conciencia sobre las industrias de la carne y productos lacteos y su efecto sobre el cambio climático”
Este es el primero de doce videos que explorarán otros problemas relacionados al cambio climático y sus posibles soluciones, los cuales contarán con más estrellas de Hollywood involucradas en su realización.
El Grupo Financiero Banorte anunció la firma de un contrato con la empresa Thermion como parte de su compromiso con el medio ambiente y con la sociedad, el objetivo de esta alianza es que el 70% de la energía que la institución financiera consuma en 2021 provenga de la energía eólica.
La energía será generada en el parque eólico Delaro, ubicado en Tamaulipas, y provocará una reducción del 50% de los gases de efecto invernadero que Banorte emite actualmente, es decir, 45 mil toneladas de CO2e. Además, se estima un ahorro potencial de hasta 44% en los costos por cada kWh de energía eléctrica consumida.
El acuerdo entre ambas firmas garantiza el suministro de energía para 613 inmuebles de Banorte, entre los que se incluye sucursales y edificios administrativos en todo el territorio nacional.
Comprometidos con México
Asimismo, cabe destacar que el contrato se alinea al compromiso que tiene México de reducir sus emisiones en un 25% para 2030, como se establece en el Acuerdo de París. También contribuye a los números 7 y 13 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: energía asequible y no contaminante y acción por el clima.
El presidente del Consejo de Administración de Grupo Financiero Banorte, Carlos Hank González, comentó:
“Estamos convencidos de que nuestro compromiso con los mexicanos y con la sustentabilidad debe demostrarse en la manera en la que hacemos las cosas. Reducir el impacto de nuestras operaciones en las comunidades en las que trabajamos, nos acerca más a ser el banco responsable que México exige, y nos permite contribuir al combate del cambio climático”.
Finalmente, cabe destacar que la implementación de este cambio en el abastecimiento de energía implica adecuaciones de infraestructura y equipo para Banorte. Entre estas modificaciones se encuentra la colocación de sus medidores de tensión eléctrica en espacios exteriores, lo cual permitirá comunicar sus consumos a la Comisión Federal de Electricidad y cumplir con la normatividad de la Secretaría de Energía.
El planeta es finito; la basura que se produce en él, infinita. Consumir y descartar sin tomar conciencia aumenta cada vez más el daño sistemático que sufre el medio ambiente: agotamiento de recursos no renovables, contaminación del agua, el suelo y el aire, destrucción de paisajes naturales, amenaza a la biodiversidad, deterioro de la salud pública y más. Sin embargo, ante tales amenazas, ¿cómo se puede cambiar esta realidad?
El plazo ya existe para superar los límites admisibles de temperatura en el planeta que, una vez sobrepasados, la tierra experimentará un impacto el clima de la Tierra sin precedentes. La Organización de Naciones Unidas (ONU) lanzó un mensaje definitivo: el límite es de 11 años para limitar la catástrofe del cambio climático.
El panorama es claro: olas de calor, derretimiento de los glaciares, inundaciones, sequías: el cambió climático es un fenómeno irreversible que tiene como único culpable al ser humano. Por eso, son los mismos protagonistas los que deben tratar de revertir la situación.
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Según la OMS, nueve de cada diez personas en el mundo respiran aire contaminado, lo que provoca siete millones de muertes anuales por causas directamente relacionadas con la polución, uno de los muchos efectos de la economía carbonizada que domina en el planeta.
Sin embargo, no todo esta perdido. Reducir el impacto negativo de la contaminación es posible gracias a las pequeñas pero múltiples acciones que una persona puede realizar en la cotidianidad. Andar en bicicleta, no tirar basura en el piso o el uso eficiente de energía son algunas de las tantas maneras que pueden implementarse a diario para reducir el impacto negativo del ser humano en el planeta Tierra.
En este contexto, la gente tiene la posibilidad de reducir el impacto negativo de esta situación mediante diferentes cambios en sus hábitos cotidianos. Estos son:
-Disminuir la cantidad de residuos.
-Optar por transportes públicos o bicicletas para moverse por la ciudad.
-Separación de residuos.
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-Disminuir el consumo eléctrico.
-Cuidar el consumo del agua.
En este sentido, una investigación de la Universidad de Lund, Suecia, reveló pequeñas acciones cotidianas que pueden ayudar desde una perspectiva individual a torcer el impacto de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Según apuntan los autores de este trabajo en un artículo que se publicó en la revista Environmental Research Letters, las cuatro acciones que más disminuyen sustancialmente la huella de carbono de un individuo son comer una dieta basada en plantas, evitar viajes aéreos, vivir sin autos y tener familias más reducidas.
El factor importante de acuerdo a este listado fue el tamaño de los grupos familiares. Al contabilizar el impacto de los futuros descendientes a las actuales tasas de emisión, descubrieron que tener un niño menos ahorraría 58,6 toneladas al año. Sin embargo, la reducción de las emisiones nacionales podría hacer que el impacto climático de un niño adicional sea hasta 17 veces menor. También el uso de energía renovable fue a veces pero no siempre una acción de alto impacto.
En cuanto a la dieta, ingerir alimentos en su mayoría vegetales (como el vegetarianismo o veganismo) ahorra unas 4 veces más emisiones de gases de efecto invernadero por año que reciclar. Evitar sólo un vuelo transatlántico ahorra 8 veces más (1,6 toneladas de gases) y vivir sin auto 11 veces más.
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Los científicos estiman que 8 millones de toneladas de desechos plásticos llegan a los océanos cada año, por lo que si no se deja de arrojar residuos, en 2050 el océano tendrá más plástico que peces.
La acumulación de plásticos ha generado 5 grandes islas artificiales de basura que navegan a la deriva: dos en el Pacífico –una de ellas tiene posee 1,8 mil millones de pedazos de basura-, dos en el Atlántico y una en el Índico.
A este ritmo en donde se calcula que en 2050 habrá unas 12.000 millones de toneladas de basura plástica en el medio ambiente, no resulta descabellado pensar que terminaremos construyendo nuestras viviendas en alguna de estas islas u otras más que ya están en formación.
Diversos autores ahondan en las causas y consecuencias del calentamiento global, con perspectivas que van del pesimismo más descarnado al optimismo voluntarista, pasando por las propuestas del activismo verde
Cuando, hacia el final de la tercera temporada de la serie Bloodline, el personaje de Sissy Spacek quiere vender su maravilloso hotel de Islamorada, en los cayos del sur de Florida, tras décadas de construirlo y trabajarlo, rompe en llanto: las instalaciones valen cero.
"En diez años todo esto quedará bajo el mar", les explica a sus hijos atónitos. Lo que se dice una ficción dentro de los marcos del más estricto realismo: según las previsiones científicas respecto del aumento del nivel del mar, Miami y, aún más, la zona de los cayos, tienen todos los boletos para anegarse y, en algún momento de este siglo, literalmente desaparecer bajo el agua. De hecho, y pese al negacionismo trumpiano, ya empezó en la zona una serie de inversiones varias veces millonarias para elevar carreteras y colocar toneladas de arena en las playas para retrasar los peores efectos.
Pero algunos miembros del real estate -o al menos los guionistas de Bloodline- están al tanto del final ineluctable.
Ese, el final de muchas ciudades costeras, es uno de los temas tocados por el periodista neoyorquino David Wallace-Wells en su imprescindible obra El planeta inhóspito(Debate; sin distribución en la Argentina, disponible en ebooks). Su comienzo ya debería entrar en algún listado de los mejores arranques: "Es peor, mucho peor, de lo que imaginas. La lentitud del cambio climático es un cuento de hadas tan pernicioso quizá como el que afirma que no se está produciendo en absoluto.".
Exitoso a la hora de noquear al lector, el libro en realidad es dos libros unidos por un mismo tema: las primeras 160 páginas son un aterrador compendio de los informes científicos acerca de lo que le espera a la humanidad como nueva normalidad: incendios (Australia, Amazonas, California), sequías, inundaciones, falta de agua, aire irrespirable, océanos moribundos, nuevas plagas y colapsos económicos (nota: incluye alguna pizca de cherry-picking, como se llama en inglés a la elección deliberada de datos, como cuando engloba dentro de los lagos perdidos al Poopó boliviano, que en realidad tiene una dinámica particular, no necesariamente vinculada al cambio climático).
Sin embargo, lo que le da un espesor notable a El planeta inhóspito -elegido por el diario The New York Times como uno de los cien libros notables de 2019- es su segunda parte: siete ensayos sobre qué implica esa serie de datos. Por ejemplo, en términos del posible colapso civilizatorio al poner en contexto y comparar la situación actual con el Armagedón nuclear de la Guerra Fría. O incluso al ubicarlo en un contexto universal, propiamente dicho: en el último capítulo, titulado "El principio antrópico", cita la célebre historia del físico italiano-norteamericano Enrico Fermi, que les preguntó a unos colegas que discurrían sobre la vida fuera de la Tierra: "¿Dónde están todos los extraterrestres?". Para responderse que la singularidad de la distancia al Sol de la Tierra ha generado la ventana climática que dio origen a la vida inteligente, algo que la propia humanidad parece a punto de romper.
No queda ahí la cuestión. Si se leen con cuidado, las listas de los libros sobre cambio climático publicados el último par de años se pueden dividir en dos o tres: los que, ceñidos a la información científica, los gráficos y las previsiones, se muestran pesimistas como Wallace-Wells, o como Nathaniel Rich, autor de Perder la Tierra. La década en que pudimos haber detenido el cambio climático (alerta de spoiler: es la década de 1980). En esta línea están los que reúnen los discursos de Greta Thunberg en foros internacionales o This Is Not a Drill, que resume las ideas del colectivo Extinction Rebellion.
Pero también están las obras que se ciñen al optimismo que suele decirse que es la clave para evitar el adormecimiento general que implica saber que los dados ya están echados. En este grupo se encuentran libros del estilo SOS. Qué puedes hacer para reducir el cambio climático (de Seth Wynes) o Un pequeño libro para hacerse verde. Formas para hacer del mundo un lugar mejor (de Harriet Dyer): textos que están bien para las buenas conciencias.
De todos modos, muchos de ellos no fueron publicados en el mercado argentino porque los lectores no responden a esa oferta como los editores esperan, ni siquiera para el caso de consagrados best sellers como Naomi Klein (a partir de 2014, cuando escribió Esto lo cambia todo, dedicó sus investigaciones a lo que bautizó "capitalismo del desastre").
Es casi natural, entonces, que dado que la crisis climática es el marco en el que se suceden todas las otras historias humanas durante este siglo XXI (notable ver cómo las transmisiones del torneo abierto de tenis de Australia comienza con un informe sobre los incendios y el aire irrespirable) cada vez más ficciones lo incorporen como tema principal o accesorio. Hace dos años estuvo en Buenos Aires Bruno Arpaia, el autor italiano de Algo, ahí fuera, novela en la que los europeos migran masivamente hacia Escandinavia en busca de supervivencia; Italia es un caos y casi todo su territorio, un desierto. Por último, Ministerio de invierno es el título de una novela del escritor argentino Juan Cruz Balián que editará este año el grupo de divulgación científica El Gato y la Caja. Allí, a diferencia de hipótesis que piensan que podría sobrevenir un enfriamiento de Europa por un cambio en la corriente del Golfo que calienta al viejo continente, Buenos Aires sufre nevadas por un fenómeno estrictamente solar. Habrá que ver cómo pasa este trance el nuevo Juan Salvo.
Desde hace tiempo los científicos saben que el Thwaites es inestable y se está derritiendo. Pero encontrar agua tibia en el límite donde el hielo se encuentra con la tierra empeora el escenario.
Actualmente, los glaciares ocupan el 10 por ciento de la superficie de la Tierra. Unos 15 millones de kilómetros cuadrados que pueden datar de hasta varios cientos de miles de años, por lo que sus núcleos son verdaderas cajas del tiempo: las burbujas de aire atrapadas revelan la composición atmosférica, las variaciones de temperatura y los tipos de vegetación.
Esos fragmentos de atmósfera, que almacenan alrededor del 70 por ciento del agua dulce del mundo, pueden reconstruir cómo y por qué cambió el clima, pero también cómo podría cambiar en el futuro. Gigantescos pero frágiles, preservarlos es vital para nuestra existencia, ya que si se derriten el aumento del nivel del mar podría descontrolarse y amenazar a poblaciones enteras. Por eso, la detección de una corriente de agua tibia justo debajo de un glaciar en la Antártida hizo sonar las alarmas.
Desde hace tiempo los científicos saben que el glaciar Thwaites es inestable y se está derritiendo. De hecho, la cantidad de hielo que fluye de esta región casi se duplicó en los últimos 30 años. Pero encontrar agua tibia en el límite donde el hielo se encuentra con la tierra empeora el escenario, ya que podría devorar lentamente su base y hacer colapsar una masa de 200.000 km2.
El glaciar Thwaites posee una masa de 200.000 km2.
“El agua se encuentra más de dos grados por encima del punto de congelamiento. Si su flujo es sostenido, eventualmente provocará el derretimiento del Thwaites”, explicó David Holland, director del Laboratorio de Dinámica de Fluidos Ambientales de la Universidad de Nueva York, en diálogo con Ámbito.
Holland es parte de la International Thwaites Glacier Collaboration (ITGC), una misión liderada por Estados Unidos y el Reino Unido para investigar el glaciar y su región oceánica. El primer video de la cresta rocosa debajo del nivel del mar que soporta la enorme plataforma de hielo flotante fue grabado por Icefin, un robot en forma de torpedo que llegó a uno de los lugares más inaccesibles de la Antártida a través de un agujero de 700 metros de profundidad. Allí está el punto de quiebre: si el agua tibia se entromete debajo del glaciar puede hacer que se retire de la cresta y lo conducirá a su colapso final.
Tal como sospechaba, para Holland la corriente de agua templada es “un indicio más, junto a otros datos recientes, de que el cambio climático está jugando un papel importante”.
Está claro que en los últimos dos siglos la actividad humana y el uso de combustibles fósiles en el transporte y la industria aumentó la cantidad de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero. Al absorber el calor que se irradia desde la superficie terrestre y elevar la temperatura de la atmósfera lentamente, son la causa de la mayor parte del calentamiento global y la retirada de los glaciares en los últimos 50 años.
Si no se logra evitar el derretimiento de los glaciares de la Antártida, el consecuente aumento en el nivel del mar se sentirá en las partes más habitadas del mundo. La sola desaparición del Thwaites puede tener un impacto significativo, ya que la masa de agua representaría aproximadamente el 4% del incremento global del nivel de los océanos. “Eso cambiará los ecosistemas a lo largo de las costas, la pesca, la biodiversidad, afectará los arrecifes de coral y tendrá muchos otros impactos”, señaló el científico.
Los testeos de la misión seguirán, al menos, durante los próximos tres años, en los que se estudiará cómo evoluciona el límite del glaciar y cuál es su movimiento, la composición de su núcleo y se mapeará las características del hielo y la roca madre con datos de radar. También se buscarán pistas sobre su historia reciente y se monitoreará la circulación oceánica y las tasas de derretimiento, en un intenso despliegue que involucrará a más de 60 científicos y estudiantes.
La misión ITGC involucra a unos 60 científicos y estudiantes.
Como en otras facetas relacionadas con el cambio climático, los acontecimientos vienen de larga data, pero el ritmo se acelera sin pausa. Con pocas excepciones, los glaciares de todo el mundo se han venido retirando desde principios del siglo XX, y al día de hoy varias plataformas de hielo desaparecieron por completo. Pero muchas otras se están derritiendo tan rápido que podrían pasar al olvido en cuestión de décadas.
En ese escenario, Holland aconseja extremar recaudos, sobre todo en territorios con cierta exposición como el nuestro: “El nivel del mar subirá en todo el planeta, por eso lo importante es que países con ciudades costeras como la Argentina adviertan ese potencial aumento y tomen medidas para adaptarse”.
En agosto de 2016, tras otra intensa ola de calor en Suiza, un grupo de mujeres mayores decide crear una asociación con la que denunciar a su gobierno por no protegerlas de las consecuencias del cambio climático. En estos momentos son ya 1689 asociadas con una media de edad de 73 años, que se reparten por un buen número de cantones suizos, de habla suizo alemán y francés fundamentalmente. Las "ancianas por el clima" o KlimaSeniorinnen no se rinden y siguen a la espera de una sentencia favorable.
Como nos cuenta Anne Mahrer, copresidenta de la asociación, fue "el veredicto histórico del Tribunal de la Haya, en junio de 2015, condenando al Estado holandés a mejorar sus objetivos climáticos, el que nos convenció de que debíamos utilizar la vía judicial para exigir al Consejo Federal una protección más eficaz contra los efectos del cambio climático".A partir de ese momento, con el apoyo de Greenpeace, los abogados empezaron a trabajar en el caso para demostrar que las "medidas climáticas emprendidas por el gobierno suizo son insuficientes, contravienen la Constitución, el Convenio Europeo de protección de los Derechos Humanos y ponen en peligro nuestra salud", explica Mahrer.
El argumento principal sobre el que gira toda la demanda es el de que los objetivos climáticos firmados por las autoridades suizas de aquí al 2030 son insuficientes. La Confederación Helvética se ha comprometido a reducir sus emisiones en un 30% en los próximos 20 años, algo que según esta asociación constituye "un riesgo absolutamente inadmisible" para la población ya que son unos objetivos que están incluso por debajo de lo acordado en 2015 en París y no servirán para limitar el aumento de temperatura a 1,5 grados. El Gobierno contraviene una de sus obligaciones, que es la de actuar de manera preventiva según el principio de precaución defendido en la Constitución y otras normativas internacionales.
Hasta el momento los tribunales regionales, al que han acudido por vía administrativa, han rechazado el recurso por considerar que las mujeres mayores no sufren más que otros segmentos de la población las consecuencias del cambio climático y que no son por tanto un sujeto digno de protección especial. Desoyen así los estudios científicos que prueban que existe una conexión entre el cambio climático, las canículas persistentes de los últimos veranos y el impacto en la tasa de mortalidad, sobre todo con las muertes prematuras. En el verano de 2003, uno de los más calurosos que se recuerdan, se registraron 70.000 muertes más que en cualquier otro verano en Europa. Estas muertes afectaron más a personas de entre 75 y 85 años, y más a las mujeres que a los hombres.
En Suiza, la tasa de mortalidad fue un 6,9 por ciento más alta que la media. Si bien las olas de calor afectan también en mayor medida a otros segmentos de la población como bebés, menores y menores con problemas de salud, las últimas investigaciones revelan que son las mujeres ancianas quienes sufren las tasas de mortalidad más elevadas durante los períodos de intenso calor. Si no se ponen medidas para frenar el calentamiento global, el riesgo de mortalidad ligado al calor podría triplicarse de aquí al final de siglo.
Las medidas emprendidas por el país alpino son, según estas mujeres, incompletas y poco efectivas. Critican a las autoridades por no haber incorporado en su "ley del CO2" la reducción de emisiones, y haber en cambio entrado de lleno en el mercado de bonos de carbono.
En un contexto en el que los partidos ecologistas arrasaron en las últimas elecciones, la acción emprendida por KlimaSeniorinnen se convierte en el primer caso de juicio climático con base en los derechos humanos de Suiza. En cambio, ya existen otros ejemplos en otros países, algunos con sentencias favorables.
A finales de 2019, el Tribunal Superior de Holanda dictaminó que el Gobierno, máximo defensor de los derechos humanos, tenía la obligación de reducir las emisiones de efecto invernadero de una manera urgente y significativa. Una sentencia histórica que culmina cuatro años de movilizaciones lideradas por la sociedad civil.
En Paquistán, un agricultor, Asghar Leghari denunció a la Federación de Paquistán por no cumplir sus compromisos contra el cambio climático. En 2015, el Tribunal obligó al Gobierno a presentar una lista de medidas de adaptación al cambio climático y a crear una Comisión del Cambio Climático. La sentencia decía: "El cambio climático es uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo y ha provocado grandes alteraciones en el clima de nuestro planeta. Para Paquistán, estas variaciones climáticas se traducen en fuertes inundaciones y sequías, y la subsiguiente incertidumbre para el abastecimento de agua y comida. En el plano legal y constitucional, es fundamental proteger los derechos fundamentales de los ciudadanos de Paquistán, en particular, de los segmentos de la población más vulnerables y que no tienen acceso a este Tribunal".
El caso iniciado por la asociación KlimaSeniorinnen supone un gran ejemplo para futuras denuncias climáticas. En primer lugar, porque al tratarse de un segmento de la población vulnerable, como son las mujeres ancianas, resulta más fácil probar en un juicio que el cambio climático tiene un efecto nocivo para las personas. Segundo, porque contradice la defensa típica gubernamental de que los problemas climáticos deberían ser solucionados por los políticos y no por los jueces. Tercero, el argumentario de las mujeres suizas abre un camino de cómo hay que interpretar y aplicar ante un juez los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, cuya información da consistencia a cualquier denuncia climática y ayuda a los individuos a determinar las reducciones de emisiones que su país debería implantar en su legislación. En cuarto lugar, todos los países deberían actuar para mitigar el cambio climático, sin importar su tamaño ni la cantidad de emisiones que tengan, incluso aunque "el problema sea global" y aunque se diga que "los esfuerzos de un país solo no pueden evitar las consecuencias para las personas de ese país y su medio ambiente".
Por último, la estrategia legal climática llevada a cabo por KlimaSeniorinnen podría suponer tanto la protección individual de los derechos humanos como una mejora de la política climática a nivel nacional e internacional. Y ojalá sirva para animar a otros individuos a defender sus derechos frente al cambio climático que estamos viviendo.
Aunque no existe fecha oficial, el Tribunal Federal debería dar a conocer su decisión en los próximos meses. Anne Mahrer confía en que en esta ocasión, los jueces sean más valientes. "Si no –asegura-, y siempre que se decida en asamblea, estamos dispuestas a ir hasta el Tribunal de Estrasburgo".