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domingo, 25 de junio de 2017

MONOCULTIVOS FORESTALES Y EL CAMBIO CLIMÁTICO




Nuestro más sincero agradecimiento y nuestro más apenado sentido de impotencia y tristeza” fueron las palabras del botánico Raúl de Tapia junto a la foto de los bomberos portugueses exhaustos sobre un jardín. Las imágenes, tras el paso del incendio, son apocalípticas y muy duras las de los coches, arrojados como dados y calcinados, en la carretera. ¡Nos dejan sin palabras!

Los montes sin gestión, poblados de eucaliptos y pinos, junto a la dispersión urbana portuguesa, han hecho del incendio de Predrogao Grande una catástrofe sin igual en los incendios ocurridos en la Península Ibérica. Un incendio muy violento provocado por un modelo forestal ecocida, un desierto verde en el que confluyen muchos intereses: destacando la venta de madera barata que complementa la agricultura de subsistencia.

Un modelo forestal basado en monocultivos industriales, propio de países subdesarrollados, genera una economía propicia para los incendios. Un polvorín, que a la vista parece un mar interminable de eucaliptos que se plantaron en Portugal, Galicia y Asturias, hace de él un exterminador de recursos hídricos. Especie de crecimiento rápido y grandes densidades consigue que su madera se venda bien al crecer altos, rectos y espigados para la industria de la celulosa o para tableros de aglomerados. Bajo la corteza quemada el eucalipto rebrotará, es una especie pirófita (amiga del fuego), éste no afecta a las raíces y es entonces cuando aprovecha para crecer sin ninguna competencia: en unos años su madera se podrá vender.
Altas temperaturas y vientos junto a la plantación de Eucaliptus globosus que es considerada como especie invasora y más abundante de los bosques portugueses: en el último inventario del 2013 con más de 812.000 hectáreas, un 26% de la superficie forestal total de Portugal. Se plantaron 35.000 eucaliptos con la idea de secar pantanos y reducir la incidencia de malaria en la zona de Coimbra.

Con las pérdidas económicas que tenía Portugal tras perder tres guerras, las leyes proteccionistas se cambiaron para dar paso a la industria maderera. El eucalipto se convirtió en un monocultivo de crecimiento rápido y rotación corta que va consumiendo toda el agua disponible, acidificando el terreno. El fuego no le afecta a las raíces y con sus restos vegetales hacen que la superficie donde está plantado sea extremadamente combustible. Genera fitotoxinas que hacen que sea tóxico para el resto de especies vegetales y apenas pueden alimentarse los insectos de él, por lo que tampoco hay pájaros.

Este ambiente tan seco es propicio para que se produzcan incendios tras una tormenta seca, aunque ésta ocurra tan sólo con un 2% de probabilidad. Los bosques que se queman generan una gran cantidad de dióxido de carbono, lo que contribuye aún más al calentamiento global. Esta cadena imprevisible y catastrófica dibuja un paisaje apocalíptico. “Los efectos del cambio climático hacen que la temporada de incendios dure ahora 78 días más que en 1970”, advertía un informe del servicio forestal estadounidense en 2015. En el mundo se desforesta más de lo que se reforesta: hay 50.000 incendios al día simultáneos en el Planeta.
Dice Joaquín Araujo: “si se plantan llamas entonces lo que emerge son esos monumentos al desánimo que son los troncos muertos. Esa desgarradora tragedia que son los cuerpos de los vecinos, guardas, pilotos calcinados”. ¿Tan difícil es de entender que si destruimos nuestros bosques nos destruimos a nosotros mismos? ¿Y si queremos bosque para qué lo queremos? El calentamiento global y los monocultivos de eucalipto y pinos son una crónica de la catástrofe anunciada, en cambio los bosques autóctonos son tesoros de la biodiversidad en sí mismos porque, entre otras cosas, renuevan el aire, el agua y el suelo, siendo la única barrera  forestal contra nuestra destrucción mundial, porque aunque el bosque lo cuidemos a nivel local nos protege en cualquier parte del Planeta.

FUENTE:  La Voz  de Almería, 24 / junio / 2017

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